¿Para qué filosofar?

La pregunta, hoy en día, está un tanto viciada, ya sea por detractores como por seguidores de la filosofía.

Por un lado, se alude a la falta de concreción de tal disciplina, a su abstracción y al poco interés que suscita. Por el otro, muchos la defienden parapetados, todavía hoy, en el reino de la pura lógica, donde la aventura y la vida no tienen cabida.

La filosofía, sin embargo, puede llegar a ser una magnífica manera de divertirse, aunque también una espléndida forma de atormentarse. No se debe ver en ella una continuidad absoluta en la que la experiencia cotidiana esté al margen y sin ninguna determinación.

La propia historia de la filosofía muestra esta diversidad de encuentros y desencuentros, de nacimientos y muertes, de plagios y reescrituras, de diálogo y polémica entre pensadores, en fin, un panorama que ofrece atractivas pruebas para su redención.

Qué es filosofar y para qué sirve, son preguntas que se responden de una manera muy simple: filosofar es una actividad reflexiva y racional que busca sistematizar conceptualmente los contenidos de la conciencia. ¿De qué me sirve esto? En la mayoría de los casos para entender no sólo el mundo, sino todo aquello que es creado por el hombre, que abarca un amplio espectro de matices desde lo material a lo espiritual. A menos que hagamos una excepción con Carlos Marx, quien nos habla de la transformación del mundo, o de una serie posterior de pensadores que hablan de la filosofía como construcción, como ficción, incluso como una forma difícil de ganar dinero, o lo que es lo mismo, una forma eficaz de perder el tiempo.

Lo cierto es que el ejercicio de filosofar es extremadamente azaroso. Y que lo diga yo, un adiestrado en estas cuestiones, no significa mucho. Pero que sobre ello insistan no solo filósofos, sino historiadores, políticos, profesores en general, e incluso familiares y allegados, es tremendamente decepcionante.

Al inicio, la afición por la filosofía es un simple embullo, una emoción por las cosas más difíciles. Uno nunca llega por lo que ofrece, sino que forma parte de un movimiento mucho más extenso y arduo. Puede ser, por ejemplo, a causa de intereses políticos, literarios o sencillamente académicos. Eso sí, nunca económicos.

Poco a poco vamos entrando en un mundo radicalmente diferente. Quizás a través de una novela, un cuento o una poesía. Sin quererlo descubrimos que tal autor es de tal escuela o profesa tal doctrina. Las analogías llegan y con estas uno comienza a trazarse un mapa o va construyendo un mundo lógico donde los objetos tienen un valor diferente.

En ese momento lo importante no es la definición sino la admiración y la fascinación por lo desconocido. Y es que uno mismo se va sorprendiendo poco a poco de cómo las cosas van encajando, cómo un fenómeno tras otro empieza a desprenderse del ciego azar, de la libertad sin ley, para integrarse como un elemento adecuado en un todo armónico que, en realidad, solo existe en la imaginación y que por estar en lo imaginado no tiene porque ser necesariamente falso.

La imagen que para mí más se aproxima a este nuevo mundo es la representación que siempre nos hacemos de lo leído. En esos momentos, sea la obra que sea, difícilmente uno separa un texto del otro. Ocurre todo lo contrario, vamos integrando historias, personajes, pueblos, países, incluso los más mínimos detalles en este mundo imaginado regido bajo sus propias leyes y normas

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La sensación que se experimenta con la filosofía es algo muy parecido, es una admiración, en efecto, por el poder de un nuevo tipo de objeto, un objeto además creado por nosotros y no por nada ni nadie fuera de nosotros. Y si en esos mundos imaginarios Momo hace trastadas con Tom Sawyer, o Robinson conversa con Jekyll en el Club de los Suicidas, en el nuevo también confluyen objetos e ideas, solo que bajo una lógica incomparable a la conocida en la cotidianidad.

Por eso no basta simplemente con saber qué dijo o hizo cada pensador, eso puede ser muy confuso, ahora el agua, luego el fuego, pero más tarde la idea platónica, después la mónada, la res cogitans, etc.…Más seductor aún es esa lógica inmanente a cualquier proceso, que en cada momento se escapa y nosotros debemos capturar.

Algo parecido debieron experimentar los primeros pensadores griegos, los cuales hicieron de la filosofía el centro de sus pasiones. Pero más allá de sistematizaciones aburridas y tediosas encontramos una idea fabulosa. Esto es, que la primera reflexión filosófica está encaminada a recrear idealmente un mundo natural, que se impone con una férrea necesidad sobre la libertad del hombre. De esta manera el primer acto de libertad de nuestra conciencia esta emparentado con la autonomía de la racionalidad con respecto a la naturaleza.

Todas aquellas maneras que encontraron los helenos de reflexionar sobre el mundo, que a veces parecen absurdas o ridículas son, en efecto, gestos de admiración, desconcierto y sorpresa frente a una nueva habilidad de nombrar las cosas.

El nombre, además, bajo estas circunstancias ya no es la simple forma de indicar con sonidos un objeto, sino que comienza a ser una definición. En ese contexto la definición es importante, hay que explicar, dialogar, discutir, mercadear, o sea en esa confluencia de elementos la conciencia quiere empezar a ser libre, y para eso busca su propio camino. De aquí que esa mezcla de admiración con devoción no sea por las cosas exteriores inexplicables, sino por el nuevo mundo recién descubierto, “circular”, “perfecto”, “ilimitado”, “eterno” e “inmutable” como lo precisa Parménides de Elea. Donde no hay misterios, silencios o vacíos, donde ese trágico devenir de las cosas no nos excluye o nos aplasta.

La definición como operación lógica tiene su movimiento y desarrollo. De la misma manera que vamos transitando a través de las imágenes de la literatura y el arte hacia campos más abstractos en la filosofía, para el hombre, sus palabras son insuficientes en el acto de nombrar las cosas. Y de la mera palabra pasamos a la imagen. El apeiron, el agua, el aire, el fuego, el ser parmenideo, etc.… son denominaciones de lo mismo. Reunión de características y determinaciones esenciales del mundo para poder definirlo.

Cuándo ya la síntesis de elementos naturales es insuficiente nos damos cuenta de que, más allá de la calidad de las cosas, pervive silenciosamente la cantidad. Poco a poco se van acumulando las unidades en la constitución de cualquier hecho o fenómeno, y es la comprensión de ese proceso, lo que permite hacer entender al hombre que, por debajo del movimiento continuo, también hay una serie de unidades, y que cualquier cosa puede ser reducida a una forma geométrica, y esta a su vez a una relación numérica.

El número a su vez propicia el nacimiento de las ideas. Esa afición por las definiciones expresadas en los diálogos socráticos, esa afición por la discusión y el diálogo propiciada por la democracia ateniense, así como la influencia en la cultura de ese elemento autónomo que se ve expresado desde las condiciones climáticas hasta las económicas, provocan la formación de un nuevo tipo de objeto para el pensamiento. Algo tan evidente que pasa desapercibido: la idea.

Hay argumentos y concepciones que pasan por la historia y casi nadie se fija en ellas, tienen algo así como inmunidad de hacer y deshacer cuanto quieran. Y es que son contenidos inaprensibles por la conciencia debido al nivel de abstracción que presentan. Ese es el caso de las ideas. Su gran pecado original ha sido siempre el hecho de representar valores tan universales, necesarios y absolutos, que a la larga, redundan en el alto nivel de abstracción que presentan.

Y obsérvese que abstracción no es sinónimo de elevado o alejado de la realidad como usualmente se le representa, sino sencillamente, escaso en características o determinaciones. En este sentido, “abstracto” para el pensamiento o la conciencia serían tanto un juego de béisbol, como un par de zapatos o la idea de la libertad. ¿Cómo definir lógicamente estas cosas? ¿Cómo reflexionar sobre la cotidianidad y sus valores?

La respuesta vendrá más adelante, pero lo que sí sabemos cuando empezamos a introducirnos en este mundo, es que la definición no puede realizarse desde el mundo en que vivimos.

De golpe, la historia de la filosofía se apropia de algo completamente nuevo para el pensamiento. El hecho de que las ideas puedan ser al menos identificadas hace de nuestro pensamiento una actividad libre y creadora. El paso inicial en la filosofía es apropiarse del mundo mediante ellas.

El acto de apropiación de la realidad natural se ve animado por la condición intrínseca de las ideas, por componer el horizonte de la actividad conciente del hombre. Y es esa su función fundamental, la de guía o deber ser, como noción o como valores, aquellas impulsan constantemente nuestra actividad, aunque nunca nos podamos vanagloriar de explicarlas racionalmente desde la propia cotidianidad. Son un gran secreto a voces, todos entendemos de lo que se nos habla, pero no tenemos el menor sentido de cómo debe ser una definición de las mismas. De ahí que ideas-nociones como libertad, democracia, igualdad, entre otras, tengan el inconveniente de ajustarse y ceñirse, literalmente, a casi cualquier contexto.

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Esta nueva concepción tiene, como todo, cosas loables e indeseables. Como mismo es capaz de proyectar nuestras vidas hacia un futuro anhelado y perfectible, hace que nuestra actividad inmediata pierda valor por sí misma, y si se abusa de ella estamos sacrificando nuestras necesidades, sueños y expectativas por un mundo completamente vacío y abstracto.

Las lecturas de estos pasajes de la filosofía griega son claras, el verdadero valor de la idea es su puesta en práctica o comunicación al otro. Su expresión y traducción en nuestras vidas, o según Platón, en la vida política. Pero sabemos que la vida política para los griegos tenía una amplitud mucho mayor de lo que nos dice el término hoy.

Brevemente esbozado, ese mundo político tiene un primer enemigo en la muerte. Pero no se trata de un enemigo enteramente malo. Sino solo en el sentido de que la muerte significa la manipulación de la vida por manos de algo externo a nosotros. La muerte, sí, destruye, nos borra de la faz de la tierra. Es un esfumarse de todo y reaparecer en el Otro. Pero también son toda la serie de hechos y fenómenos orquestados por el Poder para disimular, nivelar, aniquilar y extirpar la más natural del Nosotros mismos. Por eso, la filosofía como Contra-Poder también debe ser una forma de aceptar y manejar la muerte. Para al menos otorgar un sentido mediante la Idea a la serie de fenómenos que dejamos detrás al morir.

De acuerdo a todo lo anterior, el acceso a esa nueva manera de ver el mundo es arduo y azaroso como señalaba en un principio. Por una parte, acceder a la idea constituye algo radicalmente diferente a lo que estamos acostumbrados a hacer, ellas son esos modelos o arquetipos que pesan sobre nuestra cerviz. Lo peor es que no nos cuestionamos su origen, o el sistema de relaciones que las forma: las asumimos y punto.

Esto, a su vez, tiene un matiz más práctico que se traduce en el rechazo y el asedio generalizado de medio mundo, que impide su estudio por criterios económicos, prejuicios o desconocimiento. Por eso al principio, y en el mejor de los casos, -tengo que ser sincero-, la única justificación que nos hace filosofar es la pasión. Pasión por lo desconocido, pero también por testarudez, terquedad y rebeldía. Y en el peor de los casos, ni nos damos cuenta del rollo en el que nos hemos metido.

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