La Leica y la memoria

Recuerdo que la primera que vez que tuve una cámara en mis manos fue una Leica alemana. Por aquellos tiempos se les conocían como cámaras de rollitos y eran bastante comunes en la isla.

Como tantas cosas de esa época, la cámara era el objeto de la familia y del vecindario. Era la época en la que compartíamos más y nos exigíamos menos. Creo que con esa cámara se celebraron varios cumpleaños. Los de Laura, Lisandra, Alicia, Toni y otros tantos vecinos que no tenían pero que reunían quilo a quilo y compraban un rollito para inmortalizar su cumpleaños con el consabido cake y los refrescos de cola nacional.

Leica_Camera.svgEntre las tantas evocaciones, resaltan el olor a plástico y químico inconfundible, el olor de las fotos impresas y el blanco y negro que daba pie a miles de matices.

Era algo mágico e interesante saber que cuando se apretaba el obturador saliera lo que saliera, se iba a obtener una imagen definitiva y absoluta de un momento. A lo mejor no tan nítida, no tan centrada y quizás nada conceptual… pero al menos se capturaba el tiempo en una casualidad auténtica.

La Leica, un buen día, dejó de usarse. Era el año 1994 y apenas se empezaba a sentir la crisis en la familia. Fue una época difícil y se pensaba más en comer arroz con pepino, calabaza de Calimete o jamón de contrabando después de 3 meses ahorrando que en comprar rollitos para la Leica. No obstante, al menos salí en una que otra foto con las camisas bacterias de moda por entonces y los popis (tenis) blancos que duraron 5 cumpleaños hasta que una mente malsana decidió robar en la casa.

Fueron años difíciles en los que tampoco había tiempo ni recursos para tomar fotos. Como tampoco, quizás, había la voluntad de ser fotografiado y recordado para la posteridad.

A la Leica le sucedió otra cámara de rollito, automática y negra. Hacía más ruido y era japonesa. Aquello fue la sensación de los cumpleaños. Pero en ese mismo momento las cosas seguían difíciles y el precio de impresión estaba por las nubes. Así, debíamos esperar un año entero para poder vernos, ya un poco más flacuchos o al menos con una sonrisa diferente.

Como tantas cosas, la cámara pasó a ser un lujo y un recuerdo de infancia. En algún momento pensé que hubiera sido preferible estudiar cine o fotografía. Durante el bachillerato en más de una ocasión jugué con la idea de inclinarme por el arte. Ya estaba en un grupo de teatro, había pintado, empezaba con mis clases de música…y ¿Por qué no -me pregunté una vez- hacer carrera en el cine o la fotografía?

Pero como se sabe, la vida da más vueltas de las que nos imaginamos y me vi envuelto en conceptos, discusiones literarias y tertulias sobre la poesía de José Martí, las revoluciones sociales y una que otra discusión metafísica sobre el ser parmenídeo o platónico. Conclusión: me decidí por la filosofía.

Nunca me reprocharía una decisión que haya tomado en el pasado. Todos, de una u otra manera somos responsables de nuestras elecciones. Así que, ¿para qué lamentar el no haber continuado con mi experiencia fotográfica?

Todo cambió hace unas semanas atrás cuando el amigo Luis me preguntó qué quería yo de su país. Repasé rápidamente la larga lista de cosas necesarias e innecesarias. A ese segundo le siguió la pena y la vergüenza. No, no lo haría. Pero al final se impuso la memoria y decidí encargar una cámara.

Se trataba de un antiguo deseo que ya podía ser satisfecho: mi propia cámara. Se trataba también de mi infancia y mi juventud, sí, y de los deseos que siempre tuve de congelar el tiempo, de encuadrar la realidad y poderla manipular a mi antojo porque todo se deshacía entre las crisis, los sueños incumplidos y las rupturas.

La nueva Leica no es ya Leica, es una Nikón D3400. No tiene rollito y es digital. Pero con todo su aparataje, sus raros e internos mecanismos de espejos, sensores y chips todavía se asemeja en algo a aquella que una vez tuvimos en la familia. La nueva es un presente que conecta con miles de personas que han hecho su vida entre la desesperanza del desear y la realidad del no tener.

DSC_0012 (2)

Paradójicamente, con ella puedo fotografiar casi todo con una calidad infinita, pero nunca ese sentimiento de inocencia, sorpresa y curiosidad mezclada con añoranza. Todo eso es irrepetible y queda solo en la memoria, nuestra mejor impresión de la realidad.

Ahora presto a recomenzar, abro, desempaco, instalo, cargo la batería y torpemente comienzo a dar los primeros pasos que me llevan de vuelta en el tiempo. Me paro en el espejo y tiro la primera foto. Ahora, como el aprendiz, ando a tientas por entre los misterios de esa pública sociedad “secreta” de aquellos que se aferran a la memoria.

 

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