A la sombra de la memoria

El periodo especial sigue desafiando al investigador social desde su distancia. Así, no poco ha logrado en la subjetividad colectiva del cubano contemporáneo, a pesar de que ya han pasado más de quince años. Estragos materiales, cambios de conciencia, innovaciones alimenticias, transformaciones en la producción, fobias y expectativas incumplidas…en fin, la lista sería interminable, si de consecuencias se trata.

A su búsqueda han ido ya algunos sociólogos, políticos o, sencillamente, personas para darle una explicación. Sin embargo, la generalidad está en ver una etapa caracterizada solamente por la depresión económica de los años que transcurren entre el 91 y el 95. Por una parte, aquí chocamos con el primer problema.

La periodización que demarca esta ruptura puede variar de acuerdo a disímiles circunstancias; la fecha de comienzo usualmente se coloca en el año 1991, coincidiendo con la proclama oficial por parte del Gobierno de que Cuba entraba al Periodo Especial en tiempo de paz; para otros se trata del 89 por las obvias relaciones de Cuba con la URSS; o incluso no falta quien ve la Historia de Cuba como un largo y tedioso proceso especial.

Respecto a la culminación del mismo, se va desde el juicio absolutamente negativo que defiende la hipótesis de que nunca ha terminado, hasta aquellos que delimitan esa etapa en el año 98. No obstante a lo anterior, la generalidad de las opiniones confluye en que este contradictorio proceso en la vida del cubano, está, esencialmente definido por el aspecto económico.

Pero si nos detenemos un instante, no estamos en presencia de un tema sensible solamente a las academias, estudiosos o a los políticos manipuladores. La Cuba de hoy ha mantenido celosamente ciertos ademanes y gestos de los 90. La depauperación no impidió, a pesar de ello, que algunos valores perduraran y otros renacieran. En este sentido, la isla ha re-conocido dos elementos importantísimos para su cultura. La familia y la Iglesia. La primera como refugio material y espiritual ante las adversidades del contexto. Puerto seguro en el cual, al menos se logra sustituir la frustración del momento. La segunda como universal ideal, como tendencia progresiva hacia un deber ser que de alguna manera, aúna en una espiritualidad del buen vivir y el bien hacer a todos los cubanos.

Por otro lado, ahí está todavía la memoria, las esperanzas y los ideales de una isla que intenta definirse desde hace más dos siglos. Si el año 59 fue un año de cumplimiento de expectativas, en el que la nación vio por primera vez la posibilidad de acometer su definición mejor. El año 91 significó la ruptura más evidente de ese ideal, y la posibilidad no solo de su fin como nación, sino incluso del fin material. La perennidad se adueño de nuestras vidas, la inmediatez se apropió de todos los caminos, sueños y valores; y también, por qué no, el miedo se hizo presente.

Si me preguntara, hoy, qué definió el periodo especial, me atrevería a decir que no fue solo el aspecto económico, político, migratorio…sino justamente esa capacidad tan inaudita y protagonista en nuestras vidas contemporáneas de traducir todas las carencias materiales y espirituales en utopías inmediatas y particulares. En otros términos, el periodo especial no es, solamente, el espacio de tiempo en el que una gran cantidad de cubanos se fueron, tampoco en el que muchos atravesamos un periodo de precariedad material y física. Mucho menos intentaría definirlo desde la alta política. Se caracteriza por nuestra obstinación en invertir constantemente el sentido de la realidad. En quedarnos en una isla, en preferir la ruptura familiar, en inventar los bistec de frazada, los shampoo de estropajo verde, las ambulancias tiradas por mulas, o sea, en ser todo aquello que, humanamente rechazamos.

Anuncios

Los comentarios están cerrados.

Create a website or blog at WordPress.com

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: