La esterilidad de la pornografía en la era de la información

¿Ha notado que en los últimos tiempos los límites morales se vuelven cada vez más difusos, que la permisibilidad sobre temas tabúes aumenta, pero “extrañamente” los prejuicios se mantienen? Este es el caso de la pornografía, donde se conjugan persecuciones, pero al mismo tiempo se reproducen espacios para su comercialización.

Con los nuevos avances tecnológicos el debate se aviva, ya que cada vez más hay quien reconoce su funcionalidad, y de otro lado hay quién la niega; de tal manera, la actual controversia en torno a su producción, distribución y consumo define dos campos de oposición; por un lado los que apoyan su difusión si bien con ciertos controles y límites; y por otro lado quien niega absolutamente su presencia en nuestro mundo.

Por otra parte el aumento de su difusión es evidente, para que se tenga una idea, la palabra más buscada en Google es sex, de la cual obtenemos en 0,08 segundos 194 millones de resultados. Intente con Irán, Guerra Nuclear, Barack Obama u otros términos para que pueda comparar. Cada segundo se gastan 3.065,64 dólares en pornografía y 28.258 usuarios de Internet la están viendo. El 12% de las páginas webs de Internet son pornográficas, es decir, un total de 24.644.172 de páginas. 2.500 millones de e-mails diarios son pornográficos, un 8% del total. El 25% de todas las búsquedas realizadas están relacionadas con la pornografía, un total de 68 millones de búsquedas al día. El 35% de las descargas de Internet son pornografía. El horario en que más se consume es de 9:00 am a 5:00 pm, o sea, en horario de trabajo.

Su presencia en nuestro mundo, sin embargo va más allá de esto. La escritora y teórica Beatriz Preciado, analiza en su libro Pornotopía (Finalista del Premio Anagrama de Ensayo) cómo Hugh Hefner, líder de la Playboy, revolucionó la sexualidad y la arquitectura americanas durante la Guerra Fría. Su influencia fue decisiva para la cultura de masas, ya que a través de las páginas de su revista se moldeaba un nuevo hombre moderno, el perfecto soltero, consagrado a una vida de ocio y consumo orgiásticos.

Pornografía es una palabra compuesta cuya etimología proviene del griego (porne, “prostituta” y grafía, “descripción”, es decir, “descripción de una prostituta”, o si se quiere, “descripción de la prostitución”), con lo cual no podemos avanzar mucho, ya que el sentido de este término es completamente indiferente para la cultura antigua. Claro, había prostitutas y lo más probable es que también existieran unos cuantos Calias que documentaran su “función política”. Pero, cuando hablamos de pornografía nos referimos a un sistema organizado asociado a la prostitución y a la maximización de ganancias. Cuando se convierte en el único y principal objetivo de nuestras vidas, cuando el sexo pasa por el tamiz de la explotación y autoexplotación del cuerpo.

En cierta medida la historia de la pornografía también es la historia de sucesivas condenas morales sobre el cuerpo. Ya en la Edad Media este fenómeno adquiere sentido negativo si se tiene en cuenta que plantea una cierta oposición al esquema general del universo, obviamente, subordinado a Dios y sus fieles seguidores en la Tierra. Por su comportamiento sexual, el individuo puede crear un desorden natural anárquico bio-lógico. En aquel momento las tendencias sexuales no habituales eran un ataque a la naturaleza, a la perennidad, y a la fijeza de las especies; y por tanto un peligro para el orden político de la Iglesia.

Bajo la modernidad el equilibrio entre este fenómeno y la moral asentada en occidente se mantienen en la misma posición, solo que la preservación del régimen moral tiene que ver con otras cuestiones no tan religiosas, sino más bien económicas. Resulta que la familia es vista, fundamentalmente, como centro de reproducción económica. Asegurar la continuidad de la especie y el nacimiento de nueva fuerza de trabajo son sus objetivos fundamentales, ocultados por intenciones morales, valores, sublimaciones y falsas expectativas. Aquí también resulta evidente que la práctica de la pornografía, como producción y satisfacción a través del mero “relato pornográfico”, son “desviaciones aberrantes de la sexualidad”, y por tanto fuertemente reprimidas. En otras palabras, se trata de que estos fenómenos como la prostitución, o su descripción pornográfica, tienden a erotizar el cuerpo entero, impidiendo una erotización localizada. La diferencia que adquieren ambos tipos de erotización, es la misma que hay entre una sexualidad libre y otra controlada, entre la efectividad de un sistema represivo y uno que no lo es.

Quizás el primer intento teórico por comprender estas cuestiones estuvo en el psicoanálisis. Desde su posición mostró una manera diferente de ver el cuerpo. Además, estuvieron las vanguardias, el lenguaje, la política, en fin, todo el mundo cultural de inicios del siglo pasado fue un intento de poner al desnudo la subjetividad humana, de mostrar sus dimensiones oníricas, sexuales, y sentimentales. En este empeño el camino fundamental fue el de la fantasía y la imaginación. Estos hechos culturales prepararon el sentido desinhibido con que la generación de la posguerra asumiría el sexo.

“Mientras más hago revolución, más tengo ganas de hacer el amor, mientras más hago el amor, más tengo ganas de hacer la revolución”, así se ponía de moda en Francia en 1968, mientras en la barricadas se vivía el mito del sexo y la revolución. Como frase sintetiza muy bien el sentido, y la nueva manera de ver el sexo. No era simplemente un residuo de nuestra subjetividad, para los jóvenes y estudiantes rebeldes era un medio de expresión, necesario en tanto ponía al desnudo el carácter enajenante y violento del sistema, que ejercía su dominación sobre el propio cuerpo. Es en esta confrontación que la pornografía adopta sus características, tal como la conocemos.

La gran capacidad que tuvieron los sistemas represivos europeos y norteamericano para sacudirse el Mayo Francés, tiene que ver con el origen de la pornografía como producto de mercado. La creación de sentido venía desde finales de la II Guerra Mundial, pero las rebeliones de los sesenta son los catalizadores ideales, ya que el margen de libertad alcanzado, lejos de ser una victoria de estos movimientos, se convirtió en algo que el propio sistema concedía.

La aprobación del sexo en su variante pornográfica se centró en la construcción de nuevos espacios y nuevas mentalidades. Sí, el placer aparentemente tenía un espacio. Pero no se trata de construir la vida desde el placer solamente, esto es tan engañoso como su represión absoluta. La idea está en que el placer amplíe los marcos de lo corporal, en construir un erotismo del cuerpo y la inteligencia, en afirmar la fantasía en su más amplio diapasón, y no en ser esclavos de determinados roles.

La razón de ser de la pornografía en nuestras vidas cotidianas pasa por este debate. Esta crea, en primera instancia, una sensación de libertad y autodeterminación. Una falsa expectativa de placer, centrado y focalizado en determinadas zonas corporales, y por tanto una reducción inmediata a lo más animal. Pero al mismo tiempo, permite la crítica moral y el asentamiento de prejuicios. En este sentido podría decirse que el mercado pornográfico actual está integrado por sus detractores y por sus seguidores, ya que ambos le dan sentido de existencia. Por un lado necesita ser controlada, limitada y por otro ser libre.

Hemos llegado a un punto en el que su asociación con el mercado genera un tipo de consumidor mediático de nueva generación. El mercado pornográfico, con Playboy a la cabeza, redefinió espacios y maneras de ver el hogar de clase media norteamericano. De ahí su multiplicación y segmentación en diferentes tipos de pornografía, en dependencia de quién la consume y qué le gusta consumir. Las “nuevas líneas de mercado pornográfico” ofrecen todas las características antes mencionadas, y además, con el desarrollo tecnológico, permiten dar una sensación de privacidad ausente anteriormente. La privacidad, la libertad de consumo, son quizás espejismos muy efectivos que impiden una discusión en términos diferentes. Por otro lado están los prejuicios sobre la obscenidad, que también ayudan a crear un campo lo suficientemente complejo como para poder llegar a una conclusión.

Este tratamiento mediático de represión y permisibilidad son consecuentes con la lógica de crear un hombre consumidor-productor de sexo. Aquí la actividad sexual y su reproducción en imágenes son solo un descanso, espejismos, o estímulos precarios que impiden al hombre sentirse hombre. La idea desde este punto de vista está en mantener a toda costa este círculo vicioso, que al final le da sentido a lo pornográfico como mero disfrute de placer y negación de la moral conservadora judeo-cristiana. Es, como otras tantas cosas de este mundo, que están ahí para ser discutidas en los términos y las condiciones en que un resultado será siempre estéril.

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