HERBERT MARCUSE: utopía y represión

Uno de los debates inagotables dentro de nuestro universo teórico lo constituye el alcance de la dominación hasta el recinto humano, cuán libres somos o seremos, o qué es lo determinante en nuestras vidas, la libertad o su opuesto, la ley.

No obstante, más allá de las implicaciones teóricas y académicas se encuentran paradojas ocultas que definen nuestra idiosincrasia en cualquier lugar de nuestra tierra, ya estemos más a la izquierda o más a la derecha. O sea que, independientemente de nuestra localización ideológica, política o cultural, la pregunta sigue teniendo pertinencia y eficacia: ¿Cómo liberarnos de la represión universal a la cual nosotros mismos le damos sentido? ¿Cómo zafarnos de las cadenas implícitas que traen consigo la publicidad, los comerciales, la creciente mercantilización, cuando nosotros mismos permitimos y consentimos su existencia?

En este sentido, la voz de Herbert Marcuse fundó una crítica diferente. En este mes de julio recién finalizado se conmemora el aniversario 112 de su nacimiento y el 31 de su muerte. Más allá de la coincidencia histórica, los aniversarios nos sirven para recurrir una vez más a su obra, cada día más pertinente y necesaria en un contexto que lejos de negarla, le da razones suficientes para su estudio y complementación.

De los miembros de la escuela de Frankfurt, el pensador alemán fue el más activo políticamente y al mismo tiempo el más interesado en buscar los nexos filosóficos entre el marxismo y la fenomenología de sus maestros Husserl y Heidegger.

En otro sentido, se apropia del psicoanálisis freudiano, intentando complementar así el espacio de la gran teoría con lo humano. De esta manera la síntesis que elabora entre el marxismo, la fenomenología, y el psicoanálisis intenta refundir los ámbitos aislados del hombre: cuerpo y alma, libertad y necesidad, realidad y razón, teoría y praxis.

El argumento fundamental de este pesador al igual que otros tantos de esta misma época, está en fundar una búsqueda humana y no conceptual: ¿Cómo entender la relación del hombre con el mundo que lo rodea, sin hacer referencia a un aparato categorial externo a él? Idea que desarrolla en términos psicoanalíticos y marxista en su Eros y Civilización (1955) y más adelante en El hombre unidimensional (1964).

En la primera, explora las condiciones humanas que hacen posible no solo la aceptación de la dominación, sino también el reconocimiento de la misma por parte del ser humano. Las condiciones bajo las que se reproducen la dominación y la represión se encuentran en las mismas estructuras psicológicas y cognitivas del individuo. Y de ahí, el hombre ordena y configura su universo de una manera determinada; en otro sentido, el mundo que lo rodea también establece una represión a través de instituciones civiles y políticas, a través de la historia, de las ciencias y las disciplinas.

En fin, que la dominación y la represión lejos de ser una característica propia de una persona o grupo, Marcuse la entiende como una relación en la que el individuo y la sociedad le otorgan sentido al mismo tiempo, independientemente de que el principio de dominación se encuentre en una clase social o un grupo de poder determinado: “¿Constituye realmente el principio de la civilización la interrelación entre la libertad y la represión, la productividad y la destrucción, la dominación y el progreso?¿O esta interrelación es sólo el producto de una organización histórica específica de la existencia humana?” [1]

La segunda de las obras, explora el sentido de lo unidimensional como reducción enajenante, como la simplificación de las diferentes potencialidades humanas. Y así se centra solamente en lo que él llamó “represión sobrante”, o la represión que ejercen las instituciones sobre el hombre, instituciones representativas del poder dominante, como entidades sociales y culturales, el discurso político, el arte, la filosofía, el pensamiento cotidiano, la administración; y finalmente evalúa la posibilidad de las alternativas a este sistema represivo.

No obstante, el énfasis sobre la tecnología aquí es más perceptible, ya que su expansión y profundización no solo crean la ilusión de una expansión en las potencialidades humanas, sino que además refuerza los controles sociales y culturales: “La tecnología sirve para instituir formas nuevas de control social y de cohesión social más efectivas y más placenteras. La tendencia totalitaria de estos controles parece afirmarse en otro sentido además: extendiéndose a las zonas del mundo menos desarrolladas e incluso preindustriales, y creando similitudes en el desarrollo del capitalismo y el comunismo.” [2]

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Herbert Marcuse (1898-1979)

Son estas dos obras las que hicieron a Marcuse un pensador paradigmático en el ámbito teórico y político de los sesenta y los setenta, siendo además uno de los pilares del Mayo Francés.

Como otros, también centró su atención en el Tercer Mundo como posibilidad de liberación y renovación: “Todavía existe el legendario héroe revolucionario que puede derrotar incluso a la televisión y la prensa: su mundo es el de los países «subdesarrollados».” [3]

Las interrogantes planteadas por Marcuse en sus obras, difícilmente han encontrado solución en nuestro mundo. A cada instante aparecen elementos que tienden a demostrar lo contrario, un gran desarrollo tecnológico equiparado a un gran desarrollo de nuestra estupidez.

Lo complejo es precisamente este doble desarrollo de posibilidades, ya que el desarrollo tecnológico implica un salto en el conocimiento humano, pero un conocimiento que reproduce un sentido común más desconectado y ajeno a un proyecto social o moral a largo plazo. La ausencia de un proyecto puede parecer algo superfluo, incluso una especie de exigencia idealista, pero más allá de esa dicotomía superficial, me refiero a la ausencia de un espacio de representaciones necesario y vital para el hombre.

Los proyectos ideológicos, morales, estéticos, son las mediaciones o el distanciamiento crítico de lo real. Usted no ve –aunque lo pretenda- una película completamente desprejuiciado o alejado, como tampoco se lee un libro o se ve una obra de teatro separado de nuestros sueños, esperanzas o conocimientos previos.

La percepción de lo real, ya sea desde casos tan específicos como una conversación hasta una conferencia, son comprendidas por nosotros gracias al universo ideológico y teórico que componen nuestra subjetividad, ese espacio ideal similar al espacio arquetípico de Platón, es una medicación crítica, la cual, organizada y sistematizada puede llegar a ser revolucionaria.

Es esto un proyecto, o en el caso de Marcuse “utopía”. La ausencia de utopías, de sueños, de proyectos, alimenta y sostiene la falta de compromiso y el pensamiento unidimensional. Sin la utopía no hay mediación, comprensión, subversión, lo real se desnuda y queda simplemente como un espacio lleno de cosas inconexas y diferentes que solo cobran un sentido para nosotros inmediato y limitado, como satisfacción de nuestra animalidad.

La eliminación de este espacio del horizonte humano es la consecuencia cultural de la expansión de sistemas represivos. Sin embargo Marcuse no deja de reconocer que este sentido represivo va más allá del capitalismo, incluye también a la dictadura burocrática que gobierna y define a las sociedades comunistas y socialistas, y por último, a los regímenes fascistas. Es la condición política e ideológica de los regímenes modernos. La instauración de sistemas legales que tienden a asfixiar la libertad humana, que tienden a obviar la historia, a ahogar las utopías: “La supresión de esta dimensión en el universo social de la racionalidad operacional es una supresión de la historia, y éste no es un asunto académico, sino político. Es una supresión del propio pasado de la sociedad; y de su futuro, en tanto que este futuro invoca el cambio cualitativo, la negación del presente.” [4]

La racionalidad operacional aleja de nuestras vidas a la filosofía, a la historia, a los grandes ideales, a las ideas de libertad, a la democracia, al arte. En boca del positivismo ya el pensamiento occidental pasó por la primera condena, y de esta manera tiende a restringirse a lo estrictamente competente y objetivo, empíricamente hablando. De manera que una vez en esta tierra, y con los pies bien puestos en ella, nos vemos condicionados al consumo y a la apropiación de imágenes, publicidad, íconos culturales, símbolos vacios, personalidades típicas de series y películas, bocadillos de telenovelas, clichés preestablecidos, etc.… En la misma medida en que sucede todo esto a nivel general, en el cuerpo y en la subjetividad humana deben darse también cambios y transformaciones que legitimen la represión sobrante.

Se llega a un punto en que el individuo defiende y exige para sí que el estado de cosas no cambie, que no haya ningún tipo de transformación en su vida. Si Lady Gaga es más importante e influyente que Obama, obviamente se trata porque más de 10 millones de consumidores de internet así lo quieren, si hemos llegado a expresar nuestras ideas a través del microbloggin de twitter, por muy limitado y deficiente que sea, es porque queremos. Si falta la perspicacia y la inteligencia del cuestionamiento en nuestras universidades y facultades, no es solo por lo atractivo que pueda ser la industria tecnológica-cultural, sino también porque como seres humanos demandamos y necesitamos más imitar a Beyoncé que a Carlos Marx.

En este sentido se ubica la premisa teórica de Marcuse en Eros y Civilización: “Los procesos síquicos antiguamente autónomos e identificables están siendo absorbidos por la función del individuo en el estado, por su existencia pública. Por tanto, los problemas sicológicos se convierten en problemas políticos: el desorden privado refleja más directamente que antes el desorden de la totalidad, y la curación del desorden personal depende más directamente que antes de la curación del desorden general. La era tiende a ser totalitaria, inclusive donde no ha producido estados totalitarios.” [5]

En este texto no se trata tanto del sentido social, sino personal e íntimo del hombre, ya que de la misma manera que la represión se extiende sobre el cuerpo social, también alcanza el cuerpo humano. La pegunta entonces se dirige a saber cómo este internaliza y se apropia del contenido represivo de la sociedad que lo rodea.

Por eso, lo fundamental del cambio revolucionario de la sociedad no está tanto en las transformaciones globales que pueda hacer una vanguardia, sino en el cambio que pueda hacerse en las actitudes más intimas del ser humano. La discusión hay que llevarla según Marcuse al plano de la sublimación individual. La sociedad actual tiende hacia la desublimación represiva, donde la sexualidad es llevada a diversos planos de la realidad, pero es absorbida por el instinto de la muerte; la sexualidad se inmiscuye en la política, en los negocios, en el ambiente hogareño, pero no en un sentido erótico extendido, sino limitado y tendiente a ensanchar la bestialidad y cosificación de las relaciones humanas.

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La pornografía industrializada a partir de los setenta es un claro ejemplo, el sexo redefinió los espacios interiores del hogar de clase media norteamericano, y podría entenderse esto como una conquista de la libertad. Pero no hay nada más lejos, por el contrario, es un afianzamiento de la cosificación, lo erótico se hace estático en determinadas poses, posiciones y movimientos.

La propuesta de una sublimación erótica, tiene que ver más con una desvalorización de este instinto avasallador del sexo y por el contrario, con una extensión del mismo más allá del objeto inmediato, la satisfacción no es genitalmente localizada sino que se universaliza a la propia sociedad.

Pero el principal enemigo de este proceso de cambio, como ya se ha dicho, es el propio hombre que al internalizar la represión social en forma de tabúes, de normas morales y leyes, se impide satisfacer el principio del placer erótico. El placer pasa a ser algo limitado y especifico, sin embargo, también es visto como el objetivo fundamental del hombre después del esfuerzo y el trabajo. Así se configura un ciclo inagotable entre trabajo como gasto de energía y placer sexual a satisfacer. Entonces el placer se ubica como algo opuesto al trabajo. El universo humano se divide en dos lados que cosifican y enajenan nuestra humanidad. Placer y dolor, Eros y Tánatos, realidad y fantasía, libertad y necesidad, cuerpo y alma, yo y los otros.

De esta manera la represión no solo se extiende lógica e históricamente de la sociedad al cuerpo individual, sino del cuerpo individual a la sociedad: “A partir del padre original, a través del clan de hermanos hasta el sistema de autoridad institucional característico de la civilización madura, la dominación llega a ser cada vez más impersonal, objetiva, universal, y también cada vez más racional, efectiva, productiva.” [6]

La importancia de este paso es radical, cada revolución, cada intento de transformación o cambio social ha parido de su interior la condición de su fracaso. De las mismas filas de los militantes se desencadena un espíritu conservador, que tiende a frenar los cambios en un momento dado, la libertad da paso siempre a la necesidad, la revolución a la burocracia y al estatismo, la radicalidad al conservadurismo, esta fatalidad también es explotada a favor de la permanencia de los sistemas represivos. Por esto un esclarecimiento de las subjetividades de la revolución se vuelve tan importante, no solo por el enfrentamiento a la represión sobrante, sino por la propia incapacidad que se despliega para conseguir un fin determinado: “En cada revolución parece haber un momento histórico durante el cual la lucha contra la dominación pudo haber triunfado –pero el momento pasa. Un elemento de autoderrota parece estar envuelto en esta dinámica (aparte de la validez de razones como la anticipación y la falta de igualdad de las fuerzas). En este sentido, cada revolución ha sido también una revolución traicionada.” [7]

Según Marcuse la validación teórica de una sociedad no represiva debe ser posible demostrando el desarrollo no represivo de la libido. Rescatando la utopía a nivel social, y restituyendo la fantasía a nivel individual. El ámbito estético debe ser también una premisa imprescindible, ya que constituye el reino de la libertad, donde el individuo reordena su realidad, la subvierte y la transforma en función de un ideal.

De esta manera realzando la subjetividad humana, de una forma erótica a toda la sociedad, constituyendo relaciones humanas verdaderas y duraderas, buscando la gratificación sexual no en zonas especificas sino en la humanidad, jugando con las normas y las reglas, armonizándolas con los sentimientos, llevando el cuerpo a lo social, el hombre a la naturaleza, se dan las condiciones para un cambio efectivo de la sociedad. Claro está, no es tan simple, las condiciones de desarrollo tecnológico de hace 50 años no son las mismas de hoy en día, se aprecian cambios cuantitativos pero sobretodo cualitativos. Si Marcuse también veía en la tecnología la posibilidad de la liberación, era gracias a que esta, en el mismo momento en que intensificaba los mecanismos de represión, le daba al hombre herramientas para su liberación, sobretodo en cuanto a la ganancia de tiempo libre para el disfrute y el esparcimiento, en lo que la máquina asumía poco a poco las labores propias de la producción.

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No obstante, el desarrollo tecnológico no solo ha llegado a sustituir al hombre en el plano productivo, sino también en el momento del consumo, o sea, que el hombre poco a poco se ha tecnificado en su consumo, con lo cual ese tiempo que ganaba como posibilidad para su liberación es justamente ahora invadido por la misma segmentación, fragmentación y rapidez enajenante. Hoy, de hecho, la producción no es la condición de la enajenación, sino el consumo. Por otra parte también se hace necesario un examen de la función de la utopía, la fantasía y el arte.

Esta última ha demostrado que en el mundo contemporáneo se pueden proponer caminos novedosos utilizando las herramientas que nos brinda el arte. Pero de la misma manera el arte durante el postmodernismo trascendió sus propias características y al convertirse en un espacio ambiguo y efímero, se pierde su característica de mediación, la distinción entre lo que nos ofrece el arte y la realidad se ha perdido, por la sencilla razón de que al perder su estatus se confunde con nuestras actitudes diarias; de igual manera la utopía y las fantasías son desplazadas por sueños inmediatos y concretos, un carro, el nuevo iphone o el nuevo modelo de camiseta. Se aprecia una tendencia a ir eliminando poco a poco todo elemento extraño y ajeno a la vida inmediata que llevamos. Lamentablemente los guardianes de esa vida represiva somos nosotros mismos. Solo por esto, es necesario recordar y homenajear la memoria de Herbert Marcuse en este doble aniversario.

________________________________________

[1] Marcuse, Herbert. Eros y Civilización. Instituto del Libro. La Habana. 1968. Pág 19.

[2] Marcuse, Herbert. El hombre unidimensional. Instituto del Libro. La Habana. 1968. Pág. 11.

[3] Ídem. Pág. 75.

[4] Ídem. Pág. 97.

[5] Eros y civilización. Ed. Cit. Pág. 13.

[6] Ídem. Pág. 109.

[7] Ídem. Pág. 111.

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