Espectáculo y enajenación Entre Lady Gaga y la sonrisa de Obama.

Quiéralo o no lo quiera, este mundo nuestro le pertenece más a las grandes estrellas que a nosotros. Con ellas hechos dispersos e inconexos forman parte de nuestra vida cotidiana, y quizás lo único que une a la humanidad, y Cuba dentro de ella, sea ese sentido de ajenidad que nos hace sospechar de cualquier valor, idea o principio que pretenda erigirse como absoluto y universal.

Ahí es cuando entran en escena figuras como Lady Gaga, Texas Hold’em Poker, Michael Jackson, Guerras de Mafia, Facebook y la serie animada Family Guy justamente para asumir el espacio que antaño ocupaban los valores defendidos por revoluciones y procesos sociales –a propósito del 4 y el 14 de julio. Como puede darse cuenta, no hablo solo de personas reales, sino de series, juegos y hasta fallecidos. Pues si de influencia y protagonismo se trata, en este mundo, todo el que logre insertarse en Internet, vivo o muerto, tiene asegurada la posteridad. Y no solo la posteridad, sino la  fama, y la universalidad, como lo expresa Famecount en su más reciente listado de “los más influyentes”.

No quiero pensar el rechazo a los grandes temas de política o economía, sino la manera en que sustituimos estos por contenidos más espectaculares y luminosos en nuestras vidas cotidianas ¿De qué manera un mundial de fútbol, una telenovela, un juego, la simple imagen de un deportista o actor, dicen más que los hechos que nos rodean?

Más allá de las diferencias que pueda haber entre un presidente, una cantante, o un asesino hay algo que los identifica por igual. Primero, el ser imágenes que reúnen nuestras potencialidades, deseos y necesidades. Segundo, que solo obtienen su significado en un entramado complejo donde otras también cobran vida y se dan sentido mutuamente.

Más allá de esta homologación entre diferentes íconos de la cultura universal, a este proceso viene asociado una noción de desarrollo bastante ingenua. La sonrisa de Obama, las camisetas Nike y Adidas, los equipos de Apple, los vestidos de Lady Gaga, el balón del mundial, configuran el horizonte de posibilidades humanas en un futuro “inmediato”. Todos tenemos la esperanza de acceder a esos estándares de consumo. Así nuestras vidas asumen un matiz de progreso de menos a más, con lo cual la lucha y la adquisición por esos modelos no son mal vistos, aunque impliquen procesos violentos.

Los campos de concentración, las guerras mundiales y las bombas atómicas así como Internet, los grandes espectáculos, y el más efervescente desarrollo tecnológico no son un viraje a la barbarie, sino la implantación de los logros de la ciencia moderna, la técnica y el ideal de progreso. Por lo cual, todo lo que tenemos no es visto como un retroceso en la historia, sino bajo la apariencia del desarrollo ilimitado de nuestras potencialidades, aunque sea a expensas de una deshumanización cada vez mayor.

Así pues, a la idea de desarrollo, a la noción de cultura y progreso hemos ido adicionándole poco a poco una mayor área de restricciones y represiones humanas. Ya Marx, en sus Manuscritos económicos y filosóficos de 1844 alertaba sobre el carácter totalizador de la economía en la vida del hombre. Lo más importante en ese texto, es la manera en que presenta la relación que se establece entre un sistema económico determinado y la vida que le da contenido, entre la manera en que se produce y la que se consume, la forma en que se domina y se hace cultura:

“La enajenación se manifiesta no solo en el hecho de que mis medios de vida pertenecen a otra persona, que mi deseo es la inaccesible posesión de otro, sino también en el hecho de que todo es en sí mismo algo diferente de sí mismo: que mi actividad es algo más y que, finalmente (y esto se aplica también al capitalista) todo está bajo el dominio de un poder inhumano.”[i]

De esta manera, cuando decimos que hay una relación entre todas esas imágenes que expresan nuestra vida contemporánea, es posible ya que ellas sean, en primera instancia, expresión de un sistema de vida que propicia no solo las justificaciones necesarias para la maximización de ganancias, sino el aumento de nuestra incapacidad intelectual, el facilismo cultural, el estímulo de placeres inmediatos y de dolores duraderos, el desencanto por el mundo que nos rodea, y la irresponsabilidad por la sociedad que debe ser transformada.

Pero esto es una simplicidad, ya no solo hablamos de la capacidad de presentar productos funcionales a sistemas, productos más o menos coherentes, lógicos; sino de la defensa indirecta de este modelo cultural e industrial. Los altos niveles de consumo, los modelos que imitamos, la ropa que nos ponemos, la música que escuchamos, las películas que vemos y perseguimos, independientemente de la calidad, son expresión de ello. Casi todo el contenido de la realidad, por muy diferente que sea, adquiere una misma tipología de telenovela. Es la única manera posible de que logre nuestro asentimiento como sociedad. Aun cuando sabemos de la dudosa producción, elaboración y consumo de series, noticias, modas, lo seguimos haciendo y lo seguimos reproduciendo. Y es que las leyes y normas sociales son interiorizadas por el individuo; de manera tal que para él todo este proceso está de acuerdo con su propia moral, sus propios deseos y para su satisfacción. O sea que esa interiorización no es simplemente el cotejo de modelos culturales, sino la imposición de uno sobre otro de manera extremadamente velada y refinada. Por eso, podemos decir que esa enajenación y la relación fetichista que se establece con el mundo, se expresan en un doble sentido: como reconocimiento de la individualidad humana, y como la aceptación del sistema represivo y dominante que impone sus cánones.

La manera en que aceptación y represión logran una identidad  es justamente el caldo de cultivo para la reproducción del sistema, y tiene que ver con la percepción del individuo por un lado y con la imagen que proyecta el sistema por otro. O sea, que esta relación solo tiene sentido cuando un individuo está colocado en una situación de ajenidad y desconexión social tal, que propicia un consumo de objetos espirituales y materiales deshumanizado, teniendo frente a sí un sistema de imágenes que logra presentarse como el modelo de buena vida y sentido común que deseamos, que nos da seguridad, estabilidad y control sobre el mundo.

En fin, el éxito está justamente en lograr que el hombre asuma como suyo el beso de Casillas a Sara Carbonero, que asumamos el fútbol como estilo de vida y no como deporte, que veamos conflictos bélicos no como el acto físico e inmediato de la muerte, sino como algo estéticamente formado, donde según roles asignados de buenos y malos se nos obliga a participar y a elegir por los “buenos”.

Al asumir estos simples relatos no solo aceptamos historias y narraciones, sino también formas y esquemas de pensamiento que van moldeando nuestras actitudes. Aceptamos valores que nos ayudan a sopesar y recibir el mundo de afuera de una determinada manera. Después de ver el spot de la Nike para el Mundial, no solo vamos a querer comprar las zapatillas o la camiseta, eso es intrascendente, sino que la manera rápida, fragmentada, y original en que nos presentan las microhistorias de cada jugador nos condiciona a esperar un mundial similar, para más tarde proyectar ese mismo esquema hacia la vida.

El éxito de este modelo de consumo, ocurrió en la sociedad moderna posterior a los movimientos revolucionarios de los sesenta. El fracaso objetivo de tales rebeliones, el desencanto generalizado y acumulado, y el recrudecimiento de factores económicos tendientes al neoliberalismo, provocan una expansión cultural de la clase media en occidente, aun más profunda que en la posguerra. Es este sector, el que encarna y asume la transformación de los fracasos en industria. Conocido son los ejemplos en la moda, la música y el  cine. En todos estos casos el carácter rebelde que venía implícito en ellos se mantuvo pero simplemente como objeto de consumo, convirtiéndose en válvula de escape.

A partir de ese momento el estilo de vida cambia el contenido. La idea de la liberación social colectiva pasó a ser la satisfacción por la autoafirmación individual. La publicidad devino un tipo de arte que atrajo sobre sí el talento artístico y asimiló las ideas estéticas más avanzadas. Según Borís Kagarlitski:

“El neoliberalismo no solo compró, sedujo y corrompió a muchos ídolos de la intelectualidad y el arte de la década de oro, a nivel emocional devino peculiar síntesis de protesta y conformismo. Las consignas anarquistas de lucha contra el Estado se convirtieron en un llamado para terminar con la burocratizada seguridad social. El odio a cualquier tipo de poder se convirtió en la disposición de destruir el poder del gobierno en aras de la libertad  de las corporaciones. El llamado a la liberación social se convirtió en la disposición a liberar a empresarios talentosos y dinámicos del yugo de funcionarios oscuros y torpes. El mercado fue proclamado espacio único y válido para la libertad”.[ii]

Es aquí, en la civilización industrial y tecnológica donde el crecimiento de la productividad y la expansión material humana amenazan con desbordar los límites impuestos por la dominación, por eso la técnica de la manipulación en masa tuvo que desarrollar una industria de la diversión y el espectáculo que controle directamente el tiempo de ocio. O sea, que una nueva forma de controlar el trabajo, su división social y su productividad, es vigilar el tiempo en el que supuestamente somos más humanos.

Así pues, hemos llegado a un punto en el que la enajenación no solo se expande en las sociedades de mercado. El proceso de globalización y desarrollo tecnológico propicia que estos símbolos actúen también como catalizadores en sociedades como las nuestras. El que se le de mayor importancia a los valores, el que se haga hincapié en la educación y la cultura, no asegura nuestro bienestar humano. En este sentido, homologaría la venta y promoción de una imagen o mercancía a la obligación de asumir cualquier idea. En ambos casos lo que debe ser asumido, producido conscientemente por el hombre, se le enajena. El hombre es colocado al margen del proceso de creación económico, político o cultural; propiciando a su vez una relación fetichista con el mundo que lo rodea. Marx también lo previó cuando hablaba de la continuidad lógica e histórica entre la propiedad privada y los movimientos revolucionarios: “Es fácil ver que todo el movimiento revolucionario encuentra tanto su base empírica como teórica en el movimiento de la propiedad privada; para ser preciso, en el de la economía.”[iii]El proceso de ruptura de un sistema sobre otro no implica la necesaria superación de la enajenación. En ambos el sentido de posesión puede llegar a excluir al hombre de la sociedad. En un caso, por el interés que reviste para el control del trabajo humano en la maximización de ganancias; en el otro, en la construcción de un sistema de valores externo al hombre.

Así pues de la sonrisa de Obama al discurso político trillado hay analogías incuestionables. En este mundo que nos tipifica según marcas, ídolos, estrellas, sondeos del Famecount y visitas o seguidores en redes sociales, la perdida de identidad se expresa lo mismo en el uso de avatars que en la política y el discurso que no dicen nada. Claro, para mi generación hay una diferencia radical, es preferible ver el Mundial que enterarse del cómo, cuándo y por qué de una guerra. Era lo que me decía Migue hace unos días:

-Compadre pa’qué vamos a hablar de eso…

Y como es lógico, terminamos hablando de otra cosa.

Ciudad de La Habana. 16 de julio de 2010.

Correo: jaroch6666@gmail.com

Publicado en: http://www.uneac.org.cu/index.php?module=columna_autor&act=columna_autor&id=98


[i] Marx, Carlos. Manuscritos económicos y filosóficos de 1844. Editora Política. La Habana. 1965. Pág. 132.

[ii] Kagarlitski, Borís. La rebelión de la clase media. Editorial Ciencias Sociales. LA Habana. 2009. Pág. 20.

[iii] Ob. Cit. Pág. 108.

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