Cultura y política, ¿una vez más?

(Comentario a propósito del libro La Batalla de la Cultura de Michael Parenti)

Nos han enseñado que las cosas en la realidad no sufren alteración alguna. Un libro, es un libro. Un par de zapatos es un par de zapatos. Y cualquier deseo que despierten los objetos más allá de su apariencia complica un poco nuestra intención de llevar una vida fácil y sin problemas.

Junto a esta estandarización de los objetos se da paradójicamente y en el mismo nivel una cierta relatividad en el pensamiento. Si los objetos se dan como cosas planas y unidimensionales las interpretaciones sobre ellos pueden ser diversas, de hecho lo son, de hecho debe ser respetada esta diversidad. O sea, que sobre un fenómeno podemos hacer muchas lecturas, depende de las herramientas que utilicemos, pero ya sea desde el punto de vista matemático, físico, filosófico o literario, todas deben ser válidas y absolutas; a esto usualmente le llamamos segmentación del conocimiento. Pero no es tan fácil. En realidad, ni los fenómenos son planos, ni nuestro conocimiento sobre ellos puede ser manipulado como un jueguito de lego.

Gore Vidal en su libro de ensayos “Sexualmente hablando” expresa: “Si bien nuestro concepto de qué constituye la conducta sexual correcta suele estar basado en textos religiosos, estos textos son interpretados siempre por los gobernantes a fin de mantener el control sobre los gobernados.”[1]En dicho texto Vidal juega con el planteamiento puesto de moda de que la política puede ser aislada del contexto social. En su caso encuentra la relación entre lo humano y la política a través del sexo, pero precisamente por la importancia de este vínculo es que también menciona la economía, el derecho y la cultura. De esta manera si agregamos al análisis la variable política, el asunto se nos complica un poco, ya que a nuestras intenciones y expectativas sumamos las intenciones y hechos de quien detenta el poder. Pero mire, el problema no es ni siquiera este, porque de una u otra manera sabemos y es evidente que hay una relación compleja entre todas las esferas de la realidad, la cultura y la política. No obstante: ¿Por qué, a pesar de todo esto seguimos rechazando tal relación, incluso a veces despreciando estos argumentos? ¿Por qué no basta con hacer clara la relación entre cultura y política? En este camino se encuentra Michael Parenti con su título La Batalla de la Cultura.

En este texto el autor se propone repasar temas diversos desde los conflictos raciales y de género, la relación ciencia-cultura, la identidad sexual, hasta las percepciones individuales de lo que constituye la objetividad en un mundo trazado de imágenes manipulas por el asedio mediático; tomando la cultura como matiz fundamental de su análisis.

Si la contradicción cultural es el centro de su análisis no lo es por pura casualidad. Ésta, lejos de ser un espacio de identidades, es más bien un ámbito donde se dan infinitas contradicciones y choques entre distintas clases, moralidades y leyes. De ahí que se remita constantemente al concepto acuñado por el pensamiento alemán en el siglo XX de Kulturkampf, “batalla de la cultura” a falta de una traducción mejor. De esta manera lo que percibimos como cultura, lo que se nos muestra como tal, y lo que se nos enseña desde edades tempranas, desplaza a un segundo plano las contradicciones y los intereses políticos. Y no se trata de privilegiar la contradicción cultural a expensas de la identidad, sino de percibir que bajo las costumbres que nos homogeneizan, bajo los hábitos y las tradiciones, siempre perviven en un nivel mucho más sutil luchas innegables: “Cuando pensamos en nuestra cultura común, tendemos a disculpar tanto las divisiones de clase como las diferencias culturales que existen. Si la cultura define a un pueblo, a una sociedad, a una nación, ¿en qué grupo de gente y en qué subcultura de esa nación estamos pensando?”[2]

Según los argumentos de Parenti, de esta falsa homogeneización se desprenden dos mitos que son consustanciales a nuestras sociedades contemporáneas, el primero hace referencia a la exclusión de la cultura con respecto a los otros campos del saber. Idea heredada de la modernidad clásica, que tiende a segmentar los espacios de la conciencia en espacios esquivos y chocantes entre sí, una cosa es la política y otra la cultura, una la economía y otra el arte.

En segundo lugar por ser precisamente la cultura independiente a estos espacios, las instituciones que conforman la sociedad civil son entidades autónomas. De alguna manera las instituciones existen y se mueven al margen de las decisiones políticas. Esto tiene una doble repercusión por un lado la política se decide al margen de la cultura, por el otro, a la cultura y a la sociedad civil no le deben interesar los temas de otros espacios. Eso explica en gran medida el consumo masivo de productos sin que haya una familiarización con su producción o su circulación, como también todos los prejuicios morales que se desatan cuando se intenta construir un discurso integrador de espacios.

Pero resulta que nada de esto sucede ajeno a las valoraciones individuales ni a las caracterizaciones de individuos. Así pues, la crítica de que el capitalismo es pernicioso por naturaleza no tiene sentido, porque es perfectamente funcional para sus habitantes y sus protagonistas. O sea, que de alguna manera el hombre de a pie también propicia y desea esta segmentación en el pensamiento y esa identidad en los objetos. Es aquí donde esta el elemento fundamental del libro que comentamos ya que se inserta en la propia sociedad norteamericana y evalúa los temas que constituyen un tabú para esa sociedad, lo que ella reprime y obvia explícitamente, pero que también lo crea y lo forma.

“Gran parte de la cultura comercializada masivamente nos aparta de pensar demasiado en realidades más importantes. Es el celebrado mundo de las estrellas de cine, los cantantes de pop y los acontecimientos deportivos sin fin. Ahí tenemos los espectáculos de policías y criminales, los concursos, los seriales, los reality shows, etc. Y también las manías y entusiasmos, los estilos de moda y los estilos de vida, las “personalidades” de los medios y los telepredicadores religiosos. Hay partes de la cultura popular que desearíamos que la gente olvidara y partes que secretamente nos divierten. Cualquiera de nosotros puede sentirse complacido con estas distracciones de vez en cuando.”[3]

Sería una tontería condenar estas cosas por lo que son en sí mismas. De hecho el ingenio del paradigma cultural norteamericano es crear el discurso mediático en un plano paralelo a la realidad, es como si las cosas salieran intactas, es que las opiniones son superficiales pero bien construidas, lógicamente construidas. Y de esta manera al no trabajar lo fundamental del objeto, se asegura un discurso libre y móvil según las circunstancias. Lo importante no es la realidad sino el discurso sobre ella, y cuan bien construido sea; el lenguaje es política: “(…) Estos contenidos a menudo tienen un verdadero contenido ideológico. Incluso si fuera supuestamente apolítica en sus fines, la cultura del entretenimiento (que realmente es la industria del entretenimiento) es política en su impacto, propalando imágenes y valores que tienen que ver con lo sexista, racista, autoritario, materialista y militarista.”[4]

Quizás esa es la fortaleza del texto La batalla de la Cultura,  pero su debilidad es justamente su excesivo carácter descriptivo. Además, desde el inicio hasta el final estamos frente a un texto que solo se plantea problemáticas, y para ello se auxilia, eso sí, de una excelente cantidad de ejemplos.

No obstante las insuficiencias en la forma, creo que el autor toca justamente lo más importante. Todo parece indicar que el fenómeno de la dominación no es tan simple como para dividirlo en dos bandos, los que explotan y los que son explotados. La lucha o la batalla que se libra en el interior de la cultura no esta definida o planteada en términos de oposición. Si partimos del hecho de que la sociedad política crea y la sociedad civil recibe nos alejamos mucho. Ya que incluso a veces sucede lo contrario. Ni la sociedad civil es tan pasiva ni la política tan activa. En el mundo en que vivimos el signo del poder y la dominación se crea en el movimiento de información de un lado a otro. Los parámetros de objetividad, veracidad y universalidad también. Piénsese en las redes sociales, por ejemplo, la objetividad no la construye la CIA, aun cuando financia ese y otros sitios, aun cuando es evidente la intervención en diversos espacios en Internet, lo importante no es eso, sino que la objetividad no la construyen “ellos”, sino que la información sola se constituye como objetiva, y el discurso político lo único que hace es adaptarse.

Los prejuicios, los falsos valores, todo el contenido de una cultura que puede ser utilizado con intenciones políticas nace en nuestras mentes, y se legitima en el propio espacio de la sociedad civil.

Se habla en términos despreciativos de los enfermos y los locos como excluidos del sistema por su incapacidad de representar al hombre típico, creador de ganancias y valores, imposibilitado de jugar su rol en la sociedad capitalista; pero también se debe hablar de lo que representan para la sociedad civil, la tranquilidad y el sosiego que inspiran instituciones como la policía, el hospital o el psiquiátrico. Dice Parenti: “En 1851, en su Informe sobre enfermedades y peculiaridades psíquicas de la raza negra, el doctor Samuel Cartwright llega a la conclusión de que la drapetomanía, que induce al esclavo a huir de la esclavitud, es un desarreglo de la mente como cualquier otra alienación mental, y mucho más curable, como regla general.”[5]Usualmente se olvida que es en la realidad donde la política adquiere sentido y contenido. La esclavitud, el racismo, el machismo, etc.… no hubieran tenido éxito sin la correspondiente recepción social.

El matrimonio es la institución fundamental de la civilización, no solo porque Bush[6] lo haya dicho, sino principalmente porque desde el punto de vista social ya creíamos en eso, llevamos miles de años creyendo en eso, teniendo fe en la estabilidad y la tranquilidad que proporciona una familia donde cada quien tiene su rol inquebrantable.

Muchos creen que la verdadera eficacia de la manipulación reside en el hecho de que no sabemos que estamos siendo manipulados. “Las formas más insidiosas de opresión son las que se insinúan en nuestro universo de comunicaciones y en los recesos de nuestras mentes sin que nos demos cuenta de que están actuando sobre nosotros”[7]. Pero eso es solo la primera parte, hoy conocemos que se puede llegar más lejos, dominar no es un acto que lo haga alguien o que lo produzca un grupo de personas, y es por esto que no se puede hablar en términos de manipulación de una manera tan simple. La verdadera efectividad en la manipulación está en el hecho de saber que estamos siendo manipulados, incluso de saber quiénes lo hacen, pero preferir a pesar de todo que manipulen nuestra cultura.

Es que estar conciente de ello no nos ampara de ser manipulados por formas de poder aun más inconcientes, rápidas e imperceptibles de lo que nos imaginamos. Ni la objetividad, ni la percepción son hechos tan simples. La manipulación también se sirve del desinterés, la apatía y la indolencia nuestra. Y estas a su vez crean a aquella. Nuestras actitudes y comportamientos sirven como instrumentos ciegos a las intenciones políticas, pero también como instrumentos en cierta medida concientes de lo que sucede a nuestro alrededor. Habría que inventar una nueva forma de conciencia, una nueva manera de ver las cosas, rescatar el sentido de pertenencia hacia todo lo que nos rodea, o quizás, aprovechar el margen de indeterminación y contradicción implícito en la cultura para reconstruir nuestras vidas.

29 de mayo de 2010


[1] “Toda actividad sexual, intelectual o recreativa que pueda disminuir la cantidad de carbón extraído, el número de pirámides construidas, la cantidad de comida basura fabricada, será proscrita por leyes que, a su vez, están basadas en revelaciones hechas por el dios o los dioses que resulten estar de moda en ese momento. Las religiones son manipuladas para servir a quienes gobiernan la sociedad, y no viceversa. Esta es una idea totalmente nueva para la mayoría de los norteamericanos, tanto si se han bañado una vez, dos o ninguna en la Sangre del Cordero.”(Vidal, Gore. Sexualmente hablando. Grijalbo Mondadori S.A. Barcelona. 2001. Pág. 107, Vidal)

[2] Parenti, Michael. La batalla de la cultura. Editorial Ciencias Sociales. La Habana. 2010. Pág. 7.

[3] Ídem. Pág. 25

[4] Ídem.

[5] Ídem. Pág. 37.

[6] “El presidente George W. Bush propuso una enmienda a la Constitución declarando delito federal las bodas entre personas del mismo sexo. El matrimonio heterosexual, declaró, es la institución más fundamental de la civilización.”( Parenti, Michael. La batalla de la cultura. Editorial Ciencias Sociales. La Habana. 2010. Pág. 88)

[7] Ídem. Pág. 148.

Publicado en: http://www.uneac.org.cu/index.php?module=columna_autor&act=columna_autor&id=65

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