Los post-cronistas de una muerte anunciada

Una curva de discusión no es más que un análisis estadístico que pone en relación pensadores, problemáticas o escuelas filosóficas con un supuesto universo de publicaciones de la misma materia[i]. Ahorrémonos los detalles numéricos. Hace unas semanas no tenía la menor idea de qué era ese término, no obstante de saber que podía realizar un análisis de los trabajos, los conceptos o pensadores más discutidos y comentados en un momento histórico determinado. Eso lo hacemos normalmente para justificar hipótesis en determinadas investigaciones o ensayos. Vaya, que no es nada nuevo. Lo divertido es que alguien quiera acuñar un término para eso.

La sorpresa resultó seductora, ya que pude corroborar determinadas conclusiones. Por ejemplo, el término dualismo desde 1940 hasta la fecha se ha mantenido con bastante estabilidad en el ranking de los términos más referenciados y usados en trabajos y discusiones filosóficas. Entre David Hume, John Locke, Rene Descartes y Kant el ganador es Kant por mucho, notándose un ascenso y picos destacados entre 1955 y 1959 y 1970 y 1974 ¿El menor de ellos? John Locke, uno de los padres del liberalismo inglés. El que ha experimentado otro ascenso increíble desde 1959 hasta la fecha ha sido Nietzsche, ya sea para bien o para mal.[ii]

El artículo por muy simple y gracioso que parecía, me hizo pensar en varias cosas a la vez. Los constantes deseos por acuñar conceptos filosóficos a partir de representaciones y palabras cotidianas no es nada nuevo, lo extraordinario se aprecia a partir de la segunda mitad del siglo veinte cuando la filosofía adquiere relevancia muy cercana a la moda. En todo caso no es una actitud aislada; en otras ocasiones he descubierto ensayos sobre “la estructura ontológica del deseo”; o sorprendido he descubierto en mi mercado más cercano un cartel donde se hace explícita la “filosofía de nuestro mercado”, en fin los ejemplos sobran. Por su puesto que no se trata de maldecir esta actitud, en ella no solo se debe ver la vulgarización de un cierto conocimiento, sino además su proximidad a la vida cotidiana, como formas más diáfanas que ha encontrado la filosofía para acercarse a su interlocutor. Esa mezcla entre la vida y el concepto filosófico es uno de los últimos cambios que ha dado el pensamiento en los últimos decenios.

Segundo, gracias a Schwitzgebel y sus gráficos, nos damos cuenta de la superioridad alcanzada por Kant, aun siendo un pensador clásico, y por Nietzsche, un protagonista silencioso de los sesenta y los setenta. Nada de esto es casual. El primero, escribió una serie de estudios críticos: Crítica de la Razón Pura, Crítica de la Razón Práctica, Crítica del Juicio, etc.…donde ponía en entredicho no solo los límites de la conciencia especulativa, sino de la filosofía como conocimiento de Dios, el alma humana y el mundo. En Nietzsche encontramos un camino radicalmente diferente, pero que parte de las mismas premisas, de alguna manera la Razón no constituye un espacio privilegiado y absoluto para ninguno de estos pensadores, aunque el primero quiera rescatarla y el segundo hundirla. Y mire usted que casualidad…se ponen de moda justo en el momento en que occidente es sacudido por una crisis cultural, política y social.

Para muchos esto constituyó un cambio de época que traía consigo una reacción antisistémica, y la revalorización de nociones tales como dislocación y fragmentación. Pero estas nociones no son explícitas a los ojos de los individuos. Para el común de los mortales solo nos llega traducido en rapidez, desarrollo tecnológico, quizás determinados cambios económicos y políticos, y una cierta vaguedad e incertidumbre moral. A esto es a lo que hemos estado acostumbrados en los últimos decenios, a la vacilación postmoderna.

En sentido general, el postmodernismo se asocia al rechazo de las certezas a las que llegó occidente en la modernidad, ya sea desde el punto de vista filosófico como estético. No obstante es imposible establecer una identificación absoluta entre las distintas áreas del saber, ya que la modernidad para las ciencias y la filosofía adquiere una dimensión diferente a la que se da en el Arte. Y por tanto la reacción también es desigual. Lo que nos interesa entonces no son tanto las particularidades del período sino la estructura lógica implícita en él.

El término, un tanto ambiguo, hace alusión directa al modernismo en la arquitectura. Sobre todo en tono polémico con las obras de Mies van der Rohe y Le Corbusier de los años 20 y 30[iii]. En un segundo momento se amplia su sentido y designa no solo un área específica sino todo el movimiento artístico que va aproximadamente de los sesenta a los ochenta. Es precisamente en este ámbito donde se dan las críticas y las redefiniciones fundamentales de la postmodernidad; objeto, artista y arte en sí mismo se transforman en una crítica explícita a las vanguardias y al arte moderno.

El vínculo con la vida es el germen del cual parten todas las artes y sus formas de expresión, esto opera una transformación en el objeto de reflexión estética, y en el artista como sujeto:

“El arte, que ha dormido tan largo tiempo en sus criptas de oro, en sus tumbas de cristal, es llamado para que vaya a nadar, se le da un cigarrillo, una botella de cerveza –el pelo alborotado-, se le da una playa y se le desnuda, se le enseña a reír, se le dan ropas de todos los tipos, sale para un paseo en bicicleta, recoge a su chica en un auto de alquiler y la satisface.”[iv]

Es en otra medida, y no menor, una reacción política y social contra el conservadurismo y la desesperanza de esa época. El hecho que catapulta a los teóricos del postmodernismo y el postestructuralismo, fue el Mayo Francés. El movimiento, rico y original pero también complejo y estéril, fue expresión de una crisis y desembocó en otra. Ha sido necesario “estudiarlo” para recordarlo, y me parece que una de las causas de su olvido fue su éxito. Las consignas callejeras dicen tanto como la época: “El sueño es realidad”; “Prohibido prohibir. La libertad comienza con una prohibición”; “El arte ha muerto, liberemos nuestra vida cotidiana”; “Decreto el estado de felicidad permanente”, entre otras. Pero precisamente esta diversidad y desenfado traían consigo una crítica universal a la política abstracta, ya fuera de izquierda o de derecha, con lo cual cualquier permanencia del movimiento implicaba una traición a sí mismo, podemos decir entonces que de alguna manera fue fiel a sus intenciones. La verdadera complejidad -y de paso traición- son claras cuando el mismo Daniel Cohn Bendit olvida a Dany el rojo, una imagen muy allegada al olvido postmoderno de la modernidad.

Como se puede observar sobran las aristas para analizar esta etapa; por suerte o por desgracia todos tenemos una definición de lo que es el postmodernismo. Pero como se ha señalado resulta difícil expresarlo claramente, sobretodo cuando proyecta lo que piensa de sí con tanto énfasis, algo que desde el punto de vista histórico es novedoso.

Así tenemos “a lo que viene después de lo moderno”, “a un movimiento filosófico”, a “una manera de ver el mundo”, “a un movimiento internacional”, o lo peor, es algo de lo cual “no puede darse una definición clara”[v].

Todo el que haya visto o leído alguna obra de Samuel Beckett se podrá percatar de la diferencia sustancial con sus contemporáneos. Normalmente se le ubica dentro de la vanguardia del teatro francés pero su obra trasciende el ámbito dramatúrgico de una época y aborda simplemente lo humano. Al punto que se dice que su obra Esperando a Godot (En attendant Godot), inspiró a un cura a dar uno de sus sermones dominicales.

Esta obra es un ejemplo bastante cercano al programa postmoderno. En ella no hay más argumento que la espera de Godot, no se sabe si vendrá o no vendrá, solo se sabe que se le espera:

“Vladimiro. –Se puede esperar.

Estragón. –Ya sabemos a qué atenernos.

Vladimiro. –No hay por qué inquietarse.

Estragón. –No hay más que esperar.”[vi]

Esta espera marca la temporalidad de la obra, circular y no lineal. Aquí no hay cabida para la idea de progreso moderna, o una noción de tiempo absoluto. De hecho el propio tiempo es una farsa inventada por los personajes que a su vez inventan rutinas y problemas, que se repiten día tras día sin sentido alguno para nosotros, pero sí para aquellos que esperen a Godot. La conclusión se desliza subrepticiamente entre nuestras propias vidas ya que todos esperamos a Godot, un motivo que no entendemos, una causa que no es absoluta, ni necesaria, ante la cual nos damos cuenta de que estamos “eternamente” solos, y de que la vida no tiene motivo alguno, salvo una espera sin sentido:

“¿Habré estado durmiendo mientras otros sufrían? ¿Estaré durmiendo en este momento? ¿Qué diré mañana, cuando crea despertar, de este día? ¿Que he esperado a Godot, en este lugar, con mi amigo Estragón, hasta la caída de la noche? ¿Que ha pasado Pozzo, con su porteador, y que nos ha hablado? Sin duda. Pero, en todo esto, ¿qué habrá de cierto? (…) Él no sabrá nada. Hablará de los golpes recibidos y yo le daré una zanahoria. (Pausa) A caballo sobre una tumba y un parto difícil. En el fondo del agujero, ensoñadoramente, el enterrador prepara sus herramientas. Hay tiempo para envejecer. El aire está lleno de nuestros gritos. Pero la costumbre los acalla. A mi también me mira otro, diciendo: «Duerme y no sabe que duerme». No puedo continuar.”[vii]

Ese sentimiento provocado por una temporalidad ajena a nosotros, la ambigüedad del mundo, y el rechazo a la autoridad, son ideas que podemos encontrar de una u otra manera en pensadores como Lyotard, Derrida o Baudrillard. Estos teóricos y todos aquellos que han escrito sobre esta etapa, no han hecho otra cosa que entender al hombre desde su propia inmediatez, en un mundo de contradicciones y redefiniciones abruptas.

De una manera más irónica y a la vez grotesca encontramos las alteraciones en la cultura del siglo veinte en la obra de Kurt Vonnegut, Desayuno de campeones. La historia se teje alrededor del encuentro entre Kilgore Trout, escritor de ciencia ficción y Dwayne Hoover, concesionario de automóviles. “Así que este libro es una acera salpicada de desperdicios, de basura que arrojo a mis espaldas al emprender un viaje a través del tiempo hasta llegar al once de noviembre de mil novecientos veintidós.”[viii] Obviando intencionalmente la estructura de esta obra, que en sí misma da para más, podemos señalar que su autor no pretende absolutamente nada. Claro que hay una historia, personajes, conflicto entre otras cosas. Pero el contenido es tan abrumador que todo esto pierde sentido por lo que es y lo cobra simplemente como referencia a una historia que sale directamente del interior del autor. La novela es su voz explícita, o al menos, lo más explicita que el quiere que parezca, sin recursos literarios refinados que opaquen su subjetividad. Por eso me parece que no es más que un pretexto para expulsar episodios, ideas inconexas, imágenes, metáforas, en fin, cosas acumuladas y guardadas bajo llave. Ya desde el comienzo dice: “Había cuatro mil billones de naciones en el Universo, pero la nación a la que pertenecían Dwayne Hoover y Kilgore Trout era la única con el Himno Nacional que decía puras tonterías salpicadas de interrogaciones”[ix]

Si el modernismo era, en sentido estricto, la conciencia de pertenecer a esta época aun cuando el movimiento lo daba el futuro; el postmodernismo al rechazarlo, reniega también del compromiso con el tiempo y el espacio circundante al hombre, la temporalidad es solo un reducto absurdo del hombre que la habita. Futuro y pasado pierden sentido, y el presente solo lo adquiere en su carácter fragmentario, como se puede observar en esta novela.

Desde el punto de vista teórico, el postmodernismo tiene en el pensamiento francés contemporáneo sus principales aportes. El líder sin discusión es Jean François Lyotard tras la publicación de La Condición postmoderna, pero junto a este podemos incluir autores como Jacques Derrida, Michel Foucault, Guilles Deleuze, Félix Guattari, o Jean Baudrillard.

Las temáticas y puntos coincidentes entre todos son en primer lugar la crítica a las grandes narrativas. Estas últimas no deben ser más como los grandes sistemas científicos y filosóficos de la modernidad clásica. Así la mayoría de estos pensadores emprenden una cruzada contra todo lo que huela a sistema y particularmente contra el marxismo y el estructuralismo. El primero fuertemente golpeado por incomprensiones y nexos injustificados con el estalinismo. El segundo, sobretodo, por las implicaciones teóricas de la lingüística de Ferdinand de Saussure.

Por otra parte si la construcción de sentido privilegia ahora al pensamiento cotidiano, inmediato, local y social en su sentido más restringido, el significado de un sistema no esta en sí mismo sino en la pluralidad y diversidad de discursos.

Para Derrida es muy importante analizar la aparente estabilidad de los conceptos y mensajes en occidente. En este sentido define la “metafísica de la presencia” como la convicción de que el significado es esencialmente estable y determinado y que se le puede captar por entero. Resulta que para nosotros la palabra tiene un significado inevitablemente y es imposible concebir lo contrario. Hecho sobre el cual, de paso, se basan el resto de los fenómenos sociales. Pero al contrario, para Derrida, entre la palabra y el significado se desliza un cierto abismo de incertidumbre. O sea que el significado esta marcado constantemente por el juego de la diferencia, de la inconexión entre la palabra y su significado. Toda su obra pretende demostrar como esto pone en entredicho las suposiciones logocéntricas de occidente.

Tenemos en otra cuerda los intereses de Michel Foucault por grupos marginalizados y excluidos de la corriente “normal” de la sociedad y la cultura, un intento que solo varía en contenido con el resto de los pensadores postmodernos. Y en un segundo momento análisis muy interesantes sobre como se construye el poder no en su sentido privativo y absoluto sino heterogéneo, y desde la aceptación o la negación individual.

En fin con el decursar de los años hemos ido reuniendo pruebas en contra del postmodernismo pero también se puede hacer esto para justificarlo. Y es que como movimiento o problemática es extremadamente contradictorio, ni más ni menos. Si evaluamos sus aportes teóricos, nos percatamos que provienen de una descripción fiel de la realidad de occidente. Entonces no es tanto el que sea un vocero de una nueva época sino el cronista perfecto de una muerte anunciada.

Vivimos en un mundo donde el tiempo no se percibe por el paso de los días y las noches sino por el ritmo que marca la tecnología, la información, y la guerra. Lo cual ha traído consigo el síndrome de la muerte. Desde que nacimos escuchamos pronósticos de que todo se acaba, todo muere, todo se desencadena en una catástrofe, etc.…Se acaba la historia, se acaba el planeta, se acaba un país, desaparecen culturas, se acaba el capitalismo, se acabó el comunismo, etc.….Sin adentrarnos en las causas del síndrome catastrofista, podemos decir que el postmodernismo ayudó a crear esta sensación y de paso participó de ella, sus teóricos y adeptos confiaron siempre en el fin de la modernidad. Fueron fieles espectadores de la realidad tal cual se le presentó, en otras palabras el postmodernismo solo tiene sentido en la representación cotidiana, y eso es lo que mejor hace, como saber popular e inmediato. Convertir sus ideas en teoría, ya sea filosófica o científica, es un absurdo.

Si no ubicamos a todo este movimiento en el espacio más simple de nuestra conciencia, no podremos entender, primero sus características, segundo su método descriptivo, y tercero su ambigüedad como conjunto teórico y cultural. Esto último, es decir, el conjunto de contradicciones que representa se pueden resumir en lo que expresa Terry Eagleton:

“No hay duda de que es en este sentido que el postmodernismo es al mismo tiempo radical y conservador, ya que surge de esa contradicción estructural que está en el centro mismo del capitalismo avanzado. A las monumentales supraestructuras metafísicas de esos regímenes opone audazmente lo provisional, lo fluido, lo múltiple, lo relativista, lo igualitario; y, al hacerlo, se ve obligado ha imitar la lógica del mercado capitalista, que se ha vuelto ahora contra la lógica de las superestructuras que lo sostienen. La respuesta a la pregunta de si el postmodernismo es radical o conservador sólo puede ser un firme sí y no.”[x]

Así, bajo los juicios de un Derrida contra las construcciones discursivas, de un Lyotard en ¿Qué es el postmoderno? cuando dice que “el capitalismo es uno de los nombres de la modernidad”, o un Baudrillard que asegura la inexistencia de la Guerra del Golfo en un mundo donde los medios de comunicación han logrado que nos cuestionemos las cuestiones más básicas de la percepción, podemos decir que se esconde cierta verdad. Es la crítica de la modernidad sobre sí misma.

Podríamos condensar al postmodernismo en una forma de apropiación, puesta de moda hace unos decenios atrás cuando la cultura, la política, y el pensamiento occidental se hicieron concientes de su propia crisis. En resumidas cuentas, desde cualquier punto de vista que lo veamos es una mera descripción de los sucesos que acaecen frente a nosotros, teniendo como objetivo fundamental lograr un mayor acercamiento entre los conceptos y la vida.

¿Usted cree que este es el final de la historia? Pues se equivoca, recién termino de leer otro trabajo, publicado ahora en Philosophy Now, titulado The death of Postmodernism and Beyond [xi] donde se nos define una nueva época, el “post-postmodernismo” o “pseudo-modernismo”. Una vez más me encuentro en presencia de una magnífica descripción pero también de un infortunado análisis. ¿Cuándo dejaremos de percibir y tratar de entender la crisis de nuestra época sin eludir nuestras responsabilidades, sin desplazar la atención cautelosamente sobre sociedades y culturas abstractas?

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[i] El eje x como se puede observar expresa los años; y el eje y, una relación entre los artículos referenciados ese año con palabras claves de la filosofía y el universo representativo de todas las obras publicadas, multiplicada por cien.

[ii] Schwitzgebel, Eric; Discussion arcs en “The splintered mind”.http://schwitzsplinters.blogspot.com/2010/04/discussion-arcs.html

[iii] “El significado más específico, y al mismo tiempo el más reciente, del Postmoderno tiene una fecha de nacimiento precisa, el año 1977 en que el inglés Charles Jencks publica su Languages of Postmodern Architecture (…)Es verdad que por las páginas del propio Jencks nos enteramos enseguida de cómo el término que él propuso tuvo una serie de anuncios previos, de usos anticipados, casi de carácter preterintencional: otros estudiosos de arquitectura ya habían tenido modo de acuñarlo y de aplicarlo; pero ésa es una suerte común a todos los términos, que siempre se ven precedidos, aunque sea en formas más pálidas y aproximadas.”(Barilli, Renato. Polivalencia y ambigüedad del Postmoderno. En Navarro, Desiderio. “El Postmoderno, el postmodernismo y su crítica”. Centro Teórico-Cultural Criterios. La Habana. 2007. Pág. 45).

[iv] Lippard, Lucy. Pop Art. Pág. 108. En Jubrias, Maria Elena. “Arte Postmoderno”. Universidad de la Habana. La Habana. 1993. Pág. 44.

[v] Brown, Stuart; Collinson, Diané; Wilkinson, Robert. Cien filósofos del siglo XX. Editorial Diana. México. 2001. Pág. 285.

[vi] Beckett, Samuel. Esperando a Godot. En “Teatro Francés de Vanguardia”. Ediciones Aguilar. Madrid. 1963. Pág. 298.

[vii] Ídem. Pág. 351.

[viii] Vonnegut, Kurt. Desayuno de campeones. Editorial Arte y Literatura. La Habana. 1988. Pág. 15 y 16.

[ix]Ídem. Pág. 18.

[x] Eagleton, Terry. Las contradicciones del postmodernismo. En Navarro, Desiderio. “El Postmoderno, el postmodernismo y su crítica”. Centro Teórico-Cultural Criterios. La Habana. 2007. Pág. 63.

[xi] Kirby, Alan. The death of Postmodernism and Beyond. http://www.philosophynow.org/selection.

 

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