Los distintos significados del placer y el dolor.

El cuerpo, constituye uno de los tantos enigmas incomprensibles para el hombre. Ya sea desde la ciencia, la filosofía o el arte, es en él donde se han concretado infinitos misterios. Pero de entre todos, es aquel que por su cercanía, es de mayor importancia. Es vehículo, mediación y eslabón entre nosotros y los otros, entre el hombre que conoce, ama, siente, aprehende y el mundo exterior, esquivo o no, de las acciones humanas. Por eso no resulta grandilocuente expresar que Teatro Promiscuo se universaliza en la escena latinoamericana.

En la recién comenzada muestra de Mayo Teatral, la compañía de Brasil entrega al público cubano dos obras de obligado análisis: Tres cigarrillos y la última lasaña bajo la dirección de Débora Dubois y dramaturgia de Fernando Bonassi y Victor Navas; y Dentro bajo la dirección de Nilton Bicudo y la dramaturgia de Newton Moreno.

Desde el punto de vista formal asistimos a un hecho estético diferente, al que no está habituado el espectador cubano. Obras rápidas y ágiles donde todos los elementos, luces, banda sonora, actuación, etc. tributan a un sentido orgánico y general. Difícilmente se ven fisuras, y más allá de cualquier magia, creo que se debe a dos sencillas razones: talento y práctica. Dadas en gran parte por la premisa de la cual parte la compañía y de la que es expresión también el proyecto “Embajada del Teatro Brasileño”, una travesía que intenta visitar 15 capitales en busca de intercambio cultural y a favor de la integración afroiberoamericana. En palabras de Renato Borghi, director: “Allá afuera están comenzando a notar que Brasil tiene un poco más que ofrecer, además del delicioso “menú principal”: fútbol, telenovelas y carnaval. Nosotros también conocemos muy poco sobre estos países, principalmente lo que se refiere al Teatro”[1].

Podemos decir entonces que no hay otro secreto que el de confiar y creer en el teatro como construcción colectiva de individualidades y no como una entidad autónoma, e inaccesible al público. El teatro como producto humano debe tributar en última instancia a lo humano, a sus luces y a sus sombras.

Quizás esto último sea precisamente la grandeza de Teatro promiscuo, el hecho de saber concretar una idea, que valga por sí misma y no solo por sus particularidades. Los choques, rupturas y contradicciones propias de la vida se expresan en el escenario sin cortesía  ni suavidad. Porque en definitiva… ¿qué nos ha enseñado la vida en este siglo sino una experiencia continua de rupturas y desviaciones?

Es en este sentido donde la mano encuentra el universo simbólico que la explique como imagen de la posesión. Es justamente el momento del cuerpo que señala su ir más allá del límite, impuesto por lo social o lo natural, para atrapar lo que no le pertenece. Ya sea como artista, como obrero, actor, intelectual o campesino, la única manera que tiene el hombre de captar el mundo en cualquiera de sus dimensiones es a través de sus manos.  Este es el sentido intimo de Tres cigarrillos y la última lasaña, una obra donde se pone en tela de juicio nuestra relación con el mundo. El cual puede estar dotado de un “sincronismo perfecto” mientras todas las cosas encajan en nuestro sistema de referencia posesivo. La belleza se hace explícita cuando el objeto logra encajar en nuestra cosmovisión, sino es una cosa aberrante o defectuosa. Pero en algún momento el protagonista, cliente -al parecer habitual- de un restaurante, pierde la mano, su mano.

De manera que el resto de la obra es el desarrollo de su fobia hacia la “nueva” mano; un órgano donado e implantado gracias a un “equipo multidisciplinario”. La relación entre el nuevo órgano y el organismo despierta necesidades y expectativas, preguntas y nuevas pesadillas: ¿Puede acaso la tecnología -especie de muerte en vida-, sustituir la originalidad humana? ¿Cuán humano es el acto de poseer? ¿Acaso es el dolor consustancial al hombre, nos pertenece por entero? ¿Cómo es posible que sienta dolor en una mano que no me pertenece?

En la misma línea pero en sentido opuesto se encuentra Dentro, donde se aborda de nuevo la difícil relación cuerpo-subjetividad, pero ahora desde una perspectiva un tanto más promiscua y compleja: el placer.

A diferencia de lo que dice el programa, no creo que esta última sea “una obra de amor”. El amor es un pretexto. Como lo es el beso, la caricia, cualquier aproximación sucesiva sobre lo amado. Esta es una obra con evidentes resonancias psicoanalíticas, donde uno de los personajes, el hombre mayor, interpretado por Renato Borghi, recurre a fantasías sadomasoquistas que le hagan recordar a su primer amor. El sexo…también es promiscuo. Crudo, sin sutilezas o gradaciones. Impresiona y trata de escandalizar al público, en un juego que parece ser intencionalmente manipulador de moralidades rectas. Es una obra sencilla y rápida.

Pero bajo toda esa sensación de rapidez, encontramos la misma exigencia que en la obra anterior: ¿Cómo lograr un acoplamiento efectivo con el mundo de los otros? Allí el impedimento era el dolor, aquí es el placer lo que nubla. Pero en el fondo, ese deseo incontenible por poseer al muchacho, no es más que un deseo de poseer su pasado, y de paso a los otros. La obra es una representación de nuestros propios intentos por rescatar lo que somos, la pederastia o el sadomasoquismo son solo espacios ilusorios que nos conectan con experiencias doblemente significativas. Dolorosas por la distancia y por el miedo; pero placenteras por el rescate y la reinmersión de tales experiencias en nuestras vidas.

La Habana, 9 de mayo de 2010.


[1] Tomado de http://www.artezblai.com/artezblai/la-embajada-de-teatro-brasileno-propone-un-descubrimiento-de-brasil-en-escena-en-el-cc-san-marcos-de-lima.html.

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