La libertad y el sindicato de las sonrisas

(A propósito del desfile por el 1ero de mayo)

La mayoría de nuestros actos no son verdades irrebatibles, ni expresiones de una férrea unidad, tampoco marchamos o desfilamos con Victoria, sea quien sea, ni con Gloria -imagino que alguna de sus amigas- Pero al mismo tiempo le doy muy poca importancia a exigencias abstractas y reclamos fuera de contexto:   -que si la tiranía, la democracia o la libertad… Parece increíble, pero esta vez la verdad viene, como si nada, de la boca de un payaso, en los pies de unos zanqueros, y al ritmo de una conga.

Creo que la mayoría de las veces, por cuestiones culturales, ideológicas, de formación o sencillamente, decisión personal, nos complicamos demasiado para explicar nuestras vidas. Hay actos que llevan una argumentación, o una respuesta racional,  pero hay hechos que simplemente con una mirada al mundo que nos rodea nos percatamos que es mejor dejarlos tal cual, y la demostración… que vaya a la cuenta de la naturalidad y la originalidad de nuestra cotidianidad.

En otras palabras, muchas veces – y no digo que todas – una sonrisa dice más que un concepto, una emoción transmitida expresa más que un juicio bien fundado. Llevamos más cerca los actos auténticos que las construcciones racionales, por la sencilla razón de que los seres humanos en la inmediatez de nuestras vidas, necesitamos de mitos, leyendas, problemas, necesidades, costumbres, palabras ligeras, etc.…para poder vivir.

Llevo ya un buen tiempo dándole vuelta a estas ideas en la cabeza. Desde que me gradué, me he dado cuenta que es muy fácil modelar teóricamente una situación pero muy pocas veces logramos encontrar las soluciones.

Mi profesora de hermenéutica decía:

-Lo más difícil es crear una idea.-

Hoy entiendo que no se trata de fabricarla o producirla, ni siquiera de pensarla, sino de cerrar su ciclo en la vida. Que signifique algo para nosotros y que se convierta en un lenguaje común que no lleve explicación alguna para otros.

Encontrar esa sintonía social, en la que una ideología se identifique con el contenido de la realidad es un lujo. De hecho el éxito de cualquier sistema se mide por su capacidad de revivir constantemente los sueños y las expectativas de sus individuos en la continuidad de una idea. En otras palabras, una idea en sí misma no dice nada, es solo la mitad de la moneda. Y ya la filosofía, la política, la economía y diversas disciplinas han venido con ese debate a cuestas desde que comenzó la modernidad.

La libertad, desgraciadamente, no dice nada en sí misma. Ella constituye una noción que es completamente funcional en el discurso que se le ponga. Si la definimos como una capacidad de elección humana no decimos nada ¿Que cosa en este mundo no es expresión de una elección o algo elegido? O sea, ¿qué hay en nuestras vidas que se salga de nuestra capacidad de elegir? Nada. Desgraciadamente, nuestras vidas se realizan en un acto constante de elección, el que calla, el que se autocensura, el que actúa, en fin cualquiera y todos, hacemos uso de nuestra libertad y con ella debemos también responsabilizarnos con nuestros actos. La libertad y la responsabilidad no son actos independientes.

Por otra parte, nadie escoge sin interferencias, ni obstáculos. Obviarlos seria una ceguera intencional que ya el pensamiento filosófico ha acuñado como mala fe. O sea, solo aquellos que intentan autoengañarse en pos de una vida más cómoda y menos problemática, son los que esconden su responsabilidad y su libertad en un silencio sin estorbos.

Nociones como la libertad, la democracia, los derechos humanos, son susceptibles de ser interpretadas de la misma manera. Mientras hablemos de ellas en los términos que exige una agenda política tergiversada, manipulada y parcializada no van a decir nada a nuestras vidas.

En contraste con esto, en nuestras vidas cotidianas encontramos ejemplos diversos de cómo el hombre le da significados diferentes a temas que pueden parecer cerrados, inaccesibles, o dogmáticos. La única manera de combatir el dogma, la corrupción, la inautenticidad, venga de donde venga, es dándole más espacio a las voces más humanas, a las sonrisas más auténticas, a los gestos menos planificados y manipulados.

Nadie puede negar que desfilar es un acto agotador, tedioso, muchas veces aburrido. Y precisamente por ello es que muchos tratamos de hacer de la política y del compromiso ideológico algo más divertido y vulnerable a la sensibilidad humana. Todos sabemos que a muchas marchas van personas comprometidas, pero también aquellas que se ven obligadas, tanto por extremistas como por sus fantasmas. Contra los primeros todavía queda mucho por hacer, ya sea por la tendencia al oportunismo y a la corrupción, o por el daño que le hacen a la discusión y al sano debate en cualquier sociedad. Contra los segundos conocemos muchos remedios, pero también sabemos de muchas formas que encuentra el hombre para hacerlos revivir constantemente.

Para mi sorpresa, al rato de andar caminando por Paseo aquella mañana, encuentro en una esquina un ruido intenso de tambores y personas. En la multitud se confundían niños, hombres y mujeres, todos bailando al ritmo de una conga, y confundidos entre todos ellos estaban los payasos. Con ellos estaba Charlote, y uno u otro cartel de payasos con nombres…de payasos. Estaban allí actuando y como actores, se confundían con los niños, haciéndolos reír pero también llorar. “Sindicato de payasos unidos”, creo que decía un cartel. Saltaban, brincaban, hacían volteretas por los aires. Pero también encontraron maneras agradables de expresar con un gesto, una sonrisa, una flor, el mismo sentimiento que otro tenía que gritar.

Los zanqueros hicieron lo suyo también, y con las congas cantaban, bailaban y arengaban rítmicamente sobre Obama, el cambio medioambiental y la comunidad europea. Cada momento de esa mañana fue mágico y sorprendente. La lección para mi fue irrebatible, un acto espontáneo dice más que cualquier discurso.

Hace un año la experiencia fue más intensa: la conga en  que iba, –y eso que no acostumbro a bailar- se detuvo frente a la tribuna y entre los versos y el calor, la tribuna y nosotros se entablo un diálogo. De alguna manera “Obama…pa’ya”; o el tan popular “tu llorando en Mayami y yo gozando en Labana” adquirían el mismo nivel de condena y de crítica social que encuentra un intelectual.

Como muchos hoy en día, yo también me acuerdo de Martí cuando decía que la ley primera de la República debía ser el culto a la dignidad plena del hombre. Esto solo lo podremos lograr cuando, nuestras vidas, a pesar de las diferencias, encuentren una mira común, sin la intervención de manipuladores violentos, ni vanas palabras. Ello se logrará, finalmente, cuando aquella sonrisa sea recordada mil veces más que cualquiera de estas líneas.

La Habana 2 de mayo de 2010.

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