Mitos, paradojas y espejismos de la modernidad

Ser moderno es quizás estar a la moda, estar actualizado, o vivir el instante a plenitud, aunque esto sea una paradoja de la cual, extrañamente, nos daremos cuenta. El sentido común también privilegia ideas vinculadas con el desarrollo tecnológico, económico y social. En fin, moderno y modernidad han llegado a ser nociones completamente superfluas que dicen poco o nada, salvo por una alusión explícita a la actualidad de nuestras vidas en oposición a una tradición y asociados a la idea de progreso. Con todo esto, cualquier crítica que se haga de la modernidad, lamentablemente puede ser tomada como posmoderna o premoderna, o sea, como un intento de desembarazarnos concientemente de una cierta historia que nos precede; ya sea para realzar cánones antiguos o la inmediatez y fragmentación del pensamiento humano. Pero esta no es la tónica del presente trabajo.

En nuestro caso, nos vemos condicionados, además, por la falta de seriedad y sistematización en los estudios de esta índole o por el rechazo apriorístico de una amplia gama de teorías e ideas -valiosas o no, eso no importa- conocidas como filosofía burguesa contemporánea. Para que se me entienda, en el primer grupo yo pondría a un personaje poco celebre que, por desgracia, debo ver diariamente, y no para de hacer profesión de fe por el posmodernismo, e increíblemente hasta por Heidegger. Por el segundo caso hemos pasado casi todos, expuestos a la finalidad y al dogmatismo de que sufre la enseñanza del marxismo en Cuba. No es extraño, entonces, que escuchemos críticas de arte, debates, o sencillamente opiniones en las que se asuma una posición de superación de los postulados de la modernidad, sin antes habernos detenido seriamente en ella.

La Modernidad constituyó en su momento el inicio de una época, de un nuevo sentido común, y un nuevo pensamiento. Como experiencia, lo moderno es aun más antiguo. El término comenzó a usarse a fines del siglo V para deslindar el presente que se había convertido oficialmente al cristianismo, del pasado pagano. Fue usado por la propia escolástica para designar la nueva lógica frente a la antigua, o la via moderna frente a la via antiqua. Moderno es aquel que, enfrentado a una tradición, se siente como parte de un momento histórico diferente, independientemente de que siempre preserve un vínculo secreto con lo clásico. Así pues, como fenómeno no ocupa un espacio o un tiempo absoluto, sino que se da en Occidente cada vez que se forma la conciencia de una nueva época mediante un replanteamiento de las relaciones con la antigüedad y el porvenir.

Del Renacimiento en adelante la experiencia humana fundamental esta basada en esa pertenencia moderna, en ese sentirse “actual”, o en ese sentido de propiedad hacia la cultura que rodea al hombre. Esto esta asociado en gran medida con el sentido de propiedad que despiertan los nacientes nacionalismos, y la nueva aprehensión teórica de la realidad donde el hombre ocupa un lugar primordial; cambios que no por gusto se dan en paralelo con el origen y desarrollo del sistema capitalista occidental.

Poco antes de estos cambios el hombre se había descubierto tan grande como Dios, era estudiado y medido para encontrar las relaciones entre órganos y extremidades. La tierra ya era para él redonda, y de paso había extendiendo sus fronteras conformando no solo nuevas rutas, sino una nueva cosmovisión donde él era el centro.

El Renacimiento fue rico en grandes obras descriptivas, que cubrían todos los reinos de la experiencia humana desde el pensamiento filosófico hasta la cotidianidad. Las nuevas imágenes las podemos encontrar tanto en De Revolutionibus Orbium Coelestium de Copérnico y en De Humani Corporis Fabrica de Vesalio, publicados ambos en 1543.

Tanto la serie de nuevas leyes, como la elaboración del primer telescopio por Galileo, o el descubrimiento de nuevas rutas implicaron una transformación social. Son expresión del aumento de las posibilidades humanas, así como de la pretensión de extender la Razón a todos los rincones de la naturaleza. La mirada del hombre ya podía ir más allá de lo que naturalmente había sido dotada, pudiendo descubrir la imperfección de la Luna y los satélites de Júpiter.

Tanto en la astronomía como en todos los conocimientos quedó demostrada la caducidad del pensamiento medieval. Los éxitos en la navegación, necesitados de la astronomía y de la geografía; la mecánica recién nacida ofreciendo sus descubrimientos junto a la dinámica en el progreso de la artillería; el comercio mercantil, la creación de nuevos espacios urbanos, el florecimiento de la economía, la política y la filosofía, todo esto, ofreció al Renacimiento y a las etapas posteriores, una confianza más profunda en la figura humana, su constitución y su acción.

Para esta nueva forma de ver el mundo que se va concretando poco a poco, el libro de la naturaleza es el objeto propio de la ciencia, en el cual no deben interferir los prejuicios o los elementos de la tradición.

Por tanto, lo que comienza a definir a las cosas exteriores es su capacidad de ser traducidas al lenguaje matemático para su explicación. Explicar, es transitar de la cosa a sus cualidades sensibles y de estas a la cuantificación. Las que no puedan ser reducidas a lo cuantitativo, son cualidades subjetivas y por tanto despreciables para el examen científico. El libro de la naturaleza debe estar escrito en lenguaje matemático.

Quizás la creación científica que más se aproxime a nuestra explicación y pueda dar una imagen de conjunto sea la de Isaac Newton (1642-1727). Este ideó un sistema general de mecánica, capaz de dar cuenta del movimiento de todos los cuerpos celestes. Newton es la síntesis de todo un conjunto de pensadores que se habían dado a la tarea, más allá de cada uno de sus descubrimientos particulares, de encontrar una conexión entre los hechos y el lenguaje matemático, un lenguaje cuantificable que fuera capaz de describir el movimiento. Tal relación había sido, históricamente, atribuida a Dios, quien además de ser una síntesis universal, era la conexión entre el mundo y las ideas. A esto contribuyó su De Philosophiae Naturalis Principia Matematica: “Presento esta obra como los principios matemáticos de la filosofía, porque toda la tarea de esta parece consistir en investigar, a partir de los fenómenos del movimiento, las fuerzas de la naturaleza y luego, a partir de estas fuerzas, demostrar los restantes fenómenos”
Por su parte, el siglo XVII, es un siglo en el que se unen principio y fin, es un nudo problemático en el que se conjugan culturas desfallecientes y nacientes, mezcla los bríos de una nueva vida con los últimos suspiros de la cultura precedente. En este sentido no se puede ver un siglo sin porosidades, incongruencias o rupturas con retrocesos, sino todo lo contrario, un período en que se pelea desde todos los frentes, y en el que se trata a toda costa de resolver la relación hombre-mundo partiendo desde nuevos presupuestos, sobretodo de reconocer la absoluta libertad humana.

Fue un siglo complejo…por un lado tenemos en filosofía a un Descartes que se pregunta la relación cuerpo-alma, a la luz no de la escolástica sino del propio pensamiento humano, capaz de hacerse una de las preguntas más atrevidas y pertinentes de la historia de la filosofía: ¿Cómo puede el pensamiento humano, sujeto finito, pensar la sustancia, infinita? Pero también de darse las respuestas más necias. La relación cuerpo-alma no estaba en ningún principio o fundamento sino en la glándula pineal . Imagínense, era la época. Pero es el mismo siglo en que comienzan a fermentarse contradicciones que solo tienen fin con las revoluciones. Es el siglo justamente de Los tres mosqueteros, saga en la que magistralmente Dumas codifica los disímiles intereses de una época que nace y otra que muere. Por allá Richelieu y por acá D’Artagnan.

El proyecto moderno del siglo XVIII, desarrollado por la Ilustración consistió en desarrollar tanto las ciencias objetivas como también un esfuerzo radical por liberar al conocimiento humano de fuerzas trascendentales a él. De ahí una empresa como la Enciclopedia, donde la Razón se instrumentaliza, y el hombre la debe usar para ser libre, o para algo tan sencillo como resolver un problema de plomería, sastrería, matemática o física. No es sino una exigencia al contemporáneo para que se libere de los mitos que vagan en la conciencia humana. El proyecto ilustrado va mucho más allá al liderar una lucha contra el mito y la autosuficiencia de la Razón medieval, con lo cual esta posición privilegiada da pie a nuevas esferas autónomas; las fundamentales son la ciencia, la moralidad y el arte. Estas llegaron a diferenciarse porque las concepciones unificadas del mundo de la religión y la metafísica se desmembraron, dando origen a nuevas áreas del conocimiento.

Lo irónico es que en la misma medida en que la Ilustración trató de librarse de las formas antiguas y ser estrictamente moderna desarrolló mitos nuevos, entretejidos y ocultos en las paradojas de la modernidad. Ya en otro momento hemos hablado de la Razón como Dios, de la sustitución de los prejuicios escolásticos por las leyes científicas, de la adoración y la fe por las ciencias particulares.

Un nuevo intento de reapropiación moderna sobrevendría en siglo XIX. El moderno romántico intentaba oponerse a los ideales de la antigüedad clásica y al buscar una nueva época histórica la encontró en la propia Edad Media. Esta nueva búsqueda hace que el hombre como ser finito, limitado y contextualizado en su cultura, busque una fusión directa con la infinitud. Si la Ilustración se caracteriza por el reconocimiento de que la Razón es la fuerza que debe dominar el mundo, pero que, sin embargo siempre se encuentra en contraposición con él por representar la oscuridad, la ignorancia humana y todos los mitos que asaltan su pensamiento, el romanticismo consiste en el reconocimiento de que la Razón es la fuerza que debe dominar el mundo, no como un espacio fuera de la Naturaleza, sino como el fundamento y la identidad al mismo tiempo de ella.

No obstante, se pueden ver como desarrollos del mismo problema; en lo que la Ilustración enfatiza el lado activo de la individualidad, la libertad del hombre y su matiz más radical y revolucionario, el Romanticismo lo hace sin embargo sobre la necesidad y universalidad de esa misma Razón.

La Modernidad construye un pensamiento que se ve a sí mismo como universal, necesario, y verdadero. Esto quiere decir que toda producción espiritual ya sea cultural, moral o filosófica pretende tener un carácter absoluto. Estas son, precisamente, las nociones con las que dialoga el siglo XX. Ya sea para el surrealismo como para el existencialismo, para Alfred Hitchcock como para Stanley Kubrick, Andy Warhol o Jim Morrison; hay algo cierto e indudable: el matiz autoritario de la Modernidad debe ser reemplazado.

Pero lo difícil de entender por nosotros, y en esto ha influido mucho todo el ambiente cultural del pasado siglo es que en la misma medida en que la modernidad fundamentó una autoridad absoluta, creó una libertad. La paradoja fundamental que se da en el periodo que abordamos es justamente la bivalencia entre libertad y necesidad. Entre la actividad autónoma de un sujeto y las leyes que lo condicionan. El desarrollo de esta paradoja nos lleva a una serie interminable de contradicciones implícitas al propio desarrollo cultural del capitalismo, por ejemplo, al reconocimiento de un sujeto jurídicamente libre y económicamente cautivo. Por suerte, el existencialismo fue muy claro y conciso con estas paradojas y en voz de Sartre nos percatamos de ello: el hombre es prisionero de su propia libertad.

Estas paradojas son el trasfondo del espejismo que siempre está presente en toda la experiencia moderna. A pesar de los diferentes cambios que hemos vistos en su expresión, hay algo común y es el impulso a desarrollar un sentido de permanencia en el aquí y ahora, en rechazo a la tradición y guiados por una idea de progreso. En otros términos, la concepción de la libertad como paradójica y contradictoria pertenece por entero a la experiencia moderna. Con una orientación negativa hacia el pasado y otra constructiva hacia el futuro. Nada de esto ha cambiado, de hecho se ha reproducido cada vez más en diversas esferas de la humanidad. Por eso me inclino a pensar como Jürgen Habermas en la modernidad como un proyecto inconcluso y no, acabado.

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