La Escolástica: Los mil y un rostros del dogma

“Cuando hay un predominio excesivo de la historia, la vida se desmorona y degenera y, en esta degeneración, arrastra también a la misma historia.”
Friedrich Nietzsche, Sobre la utilidad y los prejuicios de la historia.

Si hay algo a lo que tiende inevitablemente nuestro pensamiento es a la permanencia, a buscar estabilidad y regularidad para poder entender los fenómenos, y construir nuestras vidas. Y es justo que así sea, para bien o para mal, nuestras vidas se sostienen en costumbres, tradiciones, leyes sociales, prejuicios, y uno que otro mito, todo eso basado en la estabilidad y la permanencia. O sea, sin la percepción de la unidad y la continuidad de nuestros actos sería imposible construir nuestras vidas.
A estas nociones, tan importantes en occidente, la cultura griega le dedicó más de un diálogo, y más de una discusión a viva voz en el Ágora. Pero no fue sino hasta la escolástica cuando adquirió una grandeza patológica, una necesidad excluyente y una veracidad asfixiante.
Aquel estilo de pensamiento libre, de reflexión autónoma y crítica, aquella filosofía creativa y no reproductiva, dio paso a una vida y a un pensamiento donde las representaciones eran estáticas, donde todas las relaciones humanas posibles cobraban sentido por un solo principio. Fue, en otras palabras, la vulgarización y dogmatización del mundo de las ideas platónico.

La palabra escolástica designa la filosofía cristiana de la Edad Media; el nombre scholasticus indicaba en un principio al maestro de artes liberales, o sea, del compendio pedagógico que constituían el trivio y el cuatrivio. Ambas partes, engloban las disciplinas que más o menos conocemos hoy como gramática, lógica y retórica por un lado, y geometría, aritmética, astronomía y música por el otro.
El nombre scholasticus también se asoció al encargado de enseñar la filosofía o la teología, de manera que vamos a ver durante todo el desarrollo de la escolástica, una estrecha relación con la enseñanza. Y no es meramente casual, que dentro de este periodo haya un interés marcado por la docencia, ya que a diferencia de épocas anteriores lo importante no es tanto la indagación, sino la anunciación de los problemas.
La escolástica, pone como tema fundamental de reflexión la manera en que podemos acceder a Dios, en qué forma entendemos la fe, y cómo se construye una teología. Estos tres problemas: Dios, la fe y la teología, son apenas cuestionados, y hay una cierta unanimidad, con sus altas y sus bajas, en distinguirlos como principios absolutos.
Las formas de enseñanza eran fundamentalmente dos, la lectio, que consistía en el comentario de textos, y la disputatio, o consideración dialéctica de los problemas, aduciendo los pros y los contras sobre un tema determinado. Pero ninguna de las dos se cuestionaba el problema desde sus propias raíces, críticamente. La impunidad de las verdades reveladas por la divinidad era un secreto a voces y una evidencia indiscutible, lo cual se pone de manifiesto durante toda esta etapa.
Del cuestionamiento de esas verdades salieron los debates medievales más significativos, entre los que se encuentra la polémica entre dialécticos y antidialécticos, sobre la pertinencia o no de la razón, la ciencia y la discusión dialéctica de las verdades. Por un lado se proclamaba un respeto absoluto a la autoridad eclesiástica, por el otro a la discusión teórica de las verdades. Pero la discusión se fue inclinando hacia la primacía de la crítica y la discusión, lo cual propició una polémica aun más álgida: la de los universales, en la cual se ponía en tela de juicio la realidad de los conceptos. Por supuesto que no se discutía solo de lógica, sino además de gnoseología y teología. ¿Nociones como Dios, el milagro, el pecado, etc.… tenían realidad o no? La polarización se dio entre realistas y nominalistas, los primeros confiaban en la existencia del concepto, los segundos veían en el concepto una palabra.
De aquí podemos derivar otra idea, la escolástica, de manera general, no es creativa, sino reproductiva, en ella se transcriben los designios de una ortodoxia que queda completamente fuera del cuestionamiento y la reflexión. Vive a expensas de la tradición platónica y aristotélica de la filosofía griega por un lado, y por el otro de la tradición judeo-cristiana. De ahí que la filosofía sea una justificación de la teología, que la fe como conocimiento inmediato del objeto sea impune a las tentativas de la conciencia, y que Dios como noción se apropie de todo el espacio potencialmente comprendido por el hombre.
Todos los contenidos culturales son expresión de ello, las catedrales, la pintura, el arte escultórico, la literatura, la vida social. En todos estos espacios hay una polarización moral, que va desde el ciego compromiso con la religión hasta la condena, desde la santidad hasta la herejía. Una rigidez social, y un hieratismo impuesto por la vaguedad y la abstracción de lo divino.
Aquí no se trata simplemente de un problema teórico, donde una abstracción es simplemente algo indefinible por sus escasas determinaciones, sino por lo alejado que suena para el contemporáneo. Con esto, quiero decir, que en lo social, la verdadera polarización no estuvo entre la santidad y la herejía, la iglesia y el estado, la comunidad cristiana y el vulgo, la teología y la filosofía, la fe y la razón, etc.… sino entre la vida impuesta y forzada por la iglesia, protagonista de toda la etapa, y la vida natural del contemporáneo.
“Entre el dolor y la alegría, entre la desgracia y la dicha, parecía la distancia mayor de lo que nos parece a nosotros. Todas las experiencias de la vida conservaban ese grado de espontaneidad y ese carácter absoluto que la alegría y el dolor tienen aún hoy en el espíritu del niño. Todo acontecimiento, todo acto, estaba rodeado de precisas y expresivas formas, estaba inserto en un estilo vital rígido, pero elevado. Las grandes contingencias de la vida –el nacimiento, el matrimonio, la muerte- tomaban con el sacramento respectivo el brillo de un misterio divino. Pero también los pequeños sucesos –un viaje, un trabajo, una visita- iban acompañados de mil bendiciones, ceremonias, sentencias y formalidades.”
Esa irradiación de formas rígidas y esquemáticas, enemigas de la naturaleza humana, son las verdaderas protagonistas de la Edad Media y de su expresión teórica más acabada, la escolástica. Ahora bien… ¿puede ser esta rigidez, esta polarización en torno a autoridades, tradiciones u ortodoxias, el sentido de una filosofía como reflexión autónoma y libre? La respuesta tiene que ser negativa, aun reconociendo los valores positivos que pudo haber dejado la escolástica. Pero el balance para la vida, el pensamiento y el hombre de manera general es más nocivo que benigno, por una sencilla razón, ella como período histórico llegó a su fin con el advenimiento del Renacimiento y en definitiva de la Modernidad, pero bajo cualquier forma de dogmatismo pervive aun, y más de lo que se piensa, la escolástica.

Si observamos con detenimiento, un pensamiento con estas características basta con que satisfaga los tres principios antes mencionados. En primer lugar, que erija una figura, concepto, idea o noción a un rango supremo, como Dios; mediante la cual, de paso, se expliquen las relaciones con otros objetos de manera mecánica y rígida. En segundo lugar, el pensamiento tiene que verse a si mismo como algo instintivo; es un conocimiento inmediato de las cosas que lo rodea, algo parecido a la fe, donde no hay una mediación racional entre el que conoce y lo conocido. Por lo tanto, se comienza a explicar el mundo y todo lo que nos rodea, en referencia solamente con el principio supremo. Por último, y a pesar de lo anterior, debe constituirse también una especie de sistema cerrado e inaccesible para la mayoría, pero que alimente sus sueños y esperanzas. Una teología debe asegurar la reproducción del dogma al resto del sistema, es la herramienta que permite la extensión a otras áreas del conocimiento; pero a su vez, es la finalidad que persigue el escolástico.
Tomando este esquema nos podemos trasladar por la historia y ver como de una u otra manera hay diversos intentos de revivir aquel período histórico. La Modernidad revive a una diosa, la Razón. También tiene su fe, y para eso construye toda una metodología empírica y racional. Y por último tiene su sistema teológico, la Ciencia.
La nueva era aunque intente verse a sí misma como el reino de la libertad en el conocimiento, no impide que a su interior continúe viviendo el pensamiento escolástico. La estratificación se reproduce al interior de los sistemas racionales. Los miedos, las fantasías, las ilusiones del hombre cambiaron pero se mantuvieron como fantasmas o representantes de entidades superiores. Lo que cambia es la envoltura. Hace poco encontré detalles sobre el almuerzo eléctrico de Franklin, el mismísimo del rayo. Se dice que en tal almuerzo mataron un pavo con una “conmoción eléctrica”, lo asaron, girando “eléctricamente al asador”, sobre un fuego prendido gracias a la electricidad, después bebieron a la salud de los electricistas de Inglaterra, Holanda, Francia y Alemania con vasos electrizados, teniendo de fondo la descarga de una batería eléctrica. Por favor…no hay mucho que decir. La fe ahora se profesa por los objetos científicos, y llega casi al delirio.
Su tradición es la filosofía griega, y sus dogmas se basan en el rechazo al período escolástico, y a la ignorancia. Esta es la nota discordante, ya que ella no es capaz de reproducir los dogmas del nuevo sistema, racionalidad por un lado y mercancía por el otro. Lo diferente, lo ajeno, lo otro, lo peligroso para la supervivencia del sistema, queda excluido.
Más allá de la Modernidad toda época tiene sus dogmas, y su escolástica. Todo sistema tiene su manera de hacerse eterno y legitimarse ante la mayoría mediante leyes que pasan por evidentes pero son absurdas. La racionalidad, venga de donde venga, también necesita su Dios y su fe. Y hoy no estamos tan distantes de eso, ya sea deificando a la tecnología o deificando la política, dogmatizando la vida del presente por el futuro o por el pasado, ya sea en el mundo, ya sea en Cuba.
Repensar las razones de la filosofía también debe hacerse desde la escolástica, porque es justamente el peligro al cual se enfrentan cualquier producción teórica que intente tener un resultado permanente en el hombre.
Escolástica sería cualquier orientación del pensamiento que profese una fidelidad absoluta hacia una tradición, que convierta en motivo de pensamiento realidades abstractas y vacías, que tribute a una estratificación y polarización de la sociedad.
Encontramos un pensamiento con esta orientación cuando el presente adquiere sentido por el pasado y no por el futuro. Es esencial a esa forma de pensamiento una historia inmóvil, una novela fácil donde ya se conocen los personajes, causalmente, buenos o malos. También, cuando las imágenes adquieren más sentido que los hombres. Lo cual no quiere decir que los íconos sean falsos, pero cada tiempo debe encontrar sus propias palabras. Cuando los valores no tienen absolutamente ningún sentido, sino el que le da cada cual a conveniencia. Cuando una sociedad no tiene un centro común donde confluyan las diferencias. Cuando la cultura y el arte se repiten en si mismos con palabras vacías y obras que no dicen nada al individuo. En fin, búsquese un lugar donde los hombres reproduzcan y no piensen, donde se intente revelar una verdad absoluta y acrítica, y se encontrará de nuevo, resucitado, el dogma.
La Habana, 17 de abril de 2010.

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Un comentario sobre “La Escolástica: Los mil y un rostros del dogma

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